Comunicación: campo disciplinario y matrices de origen en América Latina


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(apunte del primer teórico en Teorías de la comunicación II, en la Unidad Académica Río Gallegos de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, abril de 2009)

comunicacion-thumbCuando nos referimos a los estudios de comunicación, habitualmente lo hacemos hablando de “campo”. En esta denominación ya hay implícito un modelo epistemológico, y vale la pena hacerlo emerger en un par de oposiciones:

campo disciplinario | disciplina

La epistemología es la rama del conocimiento que se dedica a estudiar “los fundamentos y métodos del conocimiento científico” (según el diccionario de la RAE), pero en su versión positivista decimonónica esos fundamentos se entendieron como las características distintivas de las diferentes ramas de la ciencia, es decir la delimitación de objetos y métodos, entendiendo que una disciplina tenía derecho a la existencia en tanto poseyera un objeto propio y un modo de estudiarlo característico.

Así (de la Wikipedia):

la Química es la ciencia que estudia la composición, estructura y propiedades de la materia, como los cambios que ésta experimenta durante las reacciones químicas. Las disciplinas de la química han sido agrupadas por la clase de materia bajo estudio o el tipo de estudio realizado. Entre éstas se tienen la química inorgánica, que estudia la materia inorgánica; la química orgánica, que trata con la materia orgánica; la bioquímica, el estudio de substancias en organismos biológicos; la físico-química, comprende los aspectos energéticos de sistemas químicos a escalas macroscópicas, moleculares y submoleculares; la química analítica, que analiza muestras de materia tratando de entender su composición y estructura. Otras ramas de la química han emergido en tiempos recientes, por ejemplo, la neuroquímica que estudia los aspectos químicos del cerebro.

Podríamos poner muchos otros ejemplos

  • La física es una ciencia natural que estudia las propiedades del espacio, el tiempo, la materia, la energía y sus interacciones.
  • La astronomía es la ciencia que se ocupa del estudio de los cuerpos celestes, sus movimientos, los fenómenos ligados a ellos, su registro y la investigación de su origen.
  • La psicología es la ciencia que estudia la conducta de los individuos y sus procesos mentales

O sea, la carta de ciudadanía en el sistema científico para una disciplina está dado por la existencia de un objeto particular de estudio. ¿Qué pasa con las ciencias sociales, donde parece más complicado delimitar objetos diferentes? ¿Cómo deslindar la antropología, que estudia sociedades, de la sociología, que parece hacer lo mismo?

Aquí la compartimentación disciplinaria se hizo entre tres ejes complementarios:

1)      el que separó el mercado (Economía) del Estado (ciencia política) y de la sociedad civil (sociología).

2)      el que dividió las aguas entre el estudio de lo moderno/occidental (economía, sociología, ciencias políticas) de los no moderno/no occidental (antropología)

3)      el que distinguió entre presente (nuevamente economía, sociología, ciencias políticas) del pasado (historia).

Ahora bien, esto funcionó bastante bien hasta la Segunda Guerra Mundial, o mejor dicho hasta las procesos que se abren con el final de la misma, que abarcan una modificación importante del capitalismo (lo veremos en el análisis que hace Muraro) y una necesidad geopolítica a la vez mundial y específicamente regional. Empiezan entonces a desarrollarse los “estudios por áreas o regiones” (los estudios sobre Medio Oriente, o China o la Unión Soviética), especialmente en EE.UU., donde se crean departamentos en las universidades con estos nombres, y se empiezan a realizar congresos, encuentros, investigaciones, con financiamiento fuerte del Gobierno. La aplicación exitosa de una política requiere un conocimiento integral de la región donde se aplicará: su historia, las características de sus sistema económico, sus creencias y cultura, su sistema institucional y político, etc. Qué cosa, la transversalidad es una consecuencia de la geopolítica del Imperio…

Y acá aparecen dos formas nuevas (o dos intentos): las transdiciplinas, que vendrían a ser nuevos enfoques que eliminen la compartimentación heredada e integren marcos de análisis mucho más complejos (donde la especificidad esté dada por campos de estudio) y las interdisciplinas, sectores del conocimiento que pueden (y necesitan) ser explicados desde más de un enfoque disciplinario.

En rigor de verdad, estas dos propuestas deberían organizarse al revés: primero aparece lo interdisciplinario como propuesta, y luego lo transdiciplinario. Y en los dos casos aparece la comunicación como caso, con la diferencia de que el enfoque “interdisciplinario” supone la negación de la especificidad de la comunicación, alude más bien a un objeto complejo que debe ser abordado, en conjunto o sucesivamente, por disciplinas ya conformadas.

Hay otra cuestión a considerar, casi como un paréntesis, y es la manera en que la comunicación se va volviendo omnipresente en las sociedades contemporáneas. La definición de “sociedades mediatizadas”, por ejemplo, no alude simplemente a “sociedades con medios de comunicación”, sino a sociedades donde la comunicación atraviesa el conjunto de la vida social. Hay muchos autores que analizan esta situación, desde Eliseo Verón hasta Paolo Virno. Sólo me detengo en John  Thompson, que dice:

“trato de demostrar que el desarrollo de los media estuvo fundamentalmente interrelacionado con las transformaciones institucionales más importantes que han dado forma al mundo moderno”

En su visión no es posible entender a los medios sin contextualizarlos en una teoría de la modernidad, pero tampoco entender la modernidad sin incluir a los medios en el análisis.

Todo esto repercute desordenando los estudios sobre comunicación, que pasan a ser un coto de caza  muy deseado para las más diversas disciplinas, perdiendo al mismo tiempo toda especificidad.

Ese riesgo de la concepción interdisciplinaria es confutado con la idea de transdisciplina o pos-disciplina, donde adquiere fuerza la noción de campo a la que aludimos al principio, noción que está bastante ligada a la sociología de Pierre Bourdieu:

“Un campo es un espacio social estructurado, un  campo de fuerzas -ya sea de dominantes y dominados, ya sea de relaciones constantes, permanentes, de  desigualdades, que se ejercen en el interior de ese espacio- que es también un campo de luchas para  transformar o conservar este campo de fuerzas. Cada uno, en el interior de ese universo, utiliza en su  concurrencia con los otros la fuerza (relativa) que detiene y que define su posición en el campo y, en  consecuencia, sus estrategias”

Nótese que esta definición de Bourdieu no es específica de la ciencia, y de hecho él ha analizado distintos campos (la cultura, la política, las industrias editoriales, las instituciones, etc.). Considera a la ciencia como una práctica social, con cierta autonomía del resto de las prácticas (que implica criterios de lucha y legitimación de cierta especificidad), pero con una delimitación de sus fronteras y características también social (y no filosófica o epistemológica).

O sea, la noción de “campo disciplinario” no viene de la epistemología, sino de la sociología de la ciencia. Y decir que la comunicación es un “campo” implica una definición de la especificidad de los estudios de comunicación por vía de condiciones sociales e institucionales. En esto Bourdieu (y nosotros, la “gente de comunicación”) somos parte de una tendencia antiesencialista bastante generalizada. Ejemplo al pasar: la teoría institucional del arte de George Dickie obedece a los mismo principios (un objeto es una obra de arte ni por alguna característica inmanente, sino porque es el resultado de un conjunto de operaciones institucionales en donde se entrecruzan artistas, intermediarios y públicos).

Vasallo de Lopes es tal vez quien más ha reflexionado acerca de la cuestión de la definición del campo de estudios de comunicación en América Latina. Para ella, el campo surge en el entrecruzamiento de los dos criterios que mencionamos:

  • crítica epistemológica: pero no entendida como delimitación de un objeto, sino como la especificación de los criterios de validación interna del discurso científico.
  • sociología del conocimiento: que entiende a la ciencia como una práctica social sobredeterminada (y aquí es necesario dar cuenta de las determinaciones históricas, políticas, institucionales, sociales, etc.)

Para ella, entender las condiciones de la investigación en comunicación en América Latina supone analizar tres “contextos”:

  • el contexto discursivo: “en el cual pueden ser identificados paradigmas, modelos,  instrumentos, temáticas que circulan en determinado campo científico” y que corresponde a una historia del campo científico (¿cómo surge el estudio de la comunicación? ¿cuáles han sido las disputas y polémicas? ¿cuáles los objetos analizados? ¿cuáles los modelos teóricos aplicados?)
  • el contexto institucional: “que envuelve los mecanismos que median la relación entre las variables sociológicas globales y el discurso científico, y que se constituyen en mecanismos organizativos de distribución de recursos y poder dentro de una comunidad científica”, es decir la estructura del campo científico (¿en qué instituciones se investiga? ¿cuál es el poder relativo de estas instituciones en relación a las de otras disciplinas? ¿cuáles son las fuentes de financiamiento? ¿qué organizaciones agrupan a los investigadores?)
  • el contexto social o histórico-cultural: “donde residen las variables sociológicas que inciden sobre la producción científica, con particular interés por los modos de inserción de la ciencia y de la comunidad científica dentro de un país o en el ámbito internacional” (¿que relación tienen estos estudios con la situación política y económica? ¿qué vinculación existe con estrategias gubernamentales?)

Vasallo de Lopes dice que, a su entender, los estudios de comunicación en América Latina se caracterizan por un enorme interés por el contexto socio-histórico-cultural (y así, por ejemplo, vincularemos la investigación de Dorfman y Mattelart sobre las historietas de Disney con la experiencia de la Unidad Popular en Chile y de los movimientos anticapitalistas latinoamericanos en general en los setenta), un creciente interés por el contexto discursivo, o sea por la historia del campo (nuestra materia se estructura como un reconocimiento por esa historia) y un raro interés por el contexto institucional.

Hechas estas apreciaciones generales, veamos el caso del artículo de Martín-Barbero (“Comunicación, campo académico y proyecto intelectual” en Oficio de cartógrafo: travesías latinoamericanas de la comunicación en la cultura, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2004), que es un investigador enormemente influyente en América Latina (influencia que no ha estado exenta de problemas para el campo). La versión original de este texto apareció en la revista Diálogos en 1990 (el análisis del contexto institucional, por ejemplo, debería dar cuenta de la importancia variable de Felafacs, como aglutinador pero también como intermediario de las fundaciones alemanas, etc.).

¿Qué plantea acá Martín-Barbero? Hay dos riesgos que confutar:

“hubo un tiempo en que la politización condujo a hacer gravitar el campo todo sobre la cuestión de la ideología, convirtiéndola en el dispositivo totalizador de los discursos legítimos. En los últimos años los estudios de comunicación experimentan una tentación análoga al transformar la relación comunicación/cultura en otra forma de totalización.”

O sea, un problema es la ideologización de los estudios sobre comunicación (que sería propia de los setenta), y otro es la “culturización”, que sería el riesgo al momento en que Martín-Barbero escribe y que se traduciría en dos malentendidos:

  • que tomarse en serio la cultura es hacer culturalismo (o sea desvincularla de toda constricción social, política, histórica)
  • que estudiar la comunicación desde la cultura es salirse del campo específico, o sea del campo “comunicacional” (que estaría dado por el estudio de los medios)

Frente al primer malentendido de lo que se trata es de explicitar las mediaciones, donde se cruzaría la cultura con la estructura social y de poder; por otro lado “pensar la comunicación desde la cultura es hacer frente al pensamiento instrumental“, o sea a considerar la comunicación como un tema simple de medios, de tecnología, como si ésta fuera aséptica.

“Lo que ahí se produce no es entonces un abandono del campo de la comunicación sino su desterritorialización, un movimiento de los linderos que han demarcado ese campo, de sus fronteras, sus vecindades y su topografía, para diseñar un nuevo mapa de problemas en el que quepa la   cuestión de los sujetos y las temporalidades sociales, esto es  la trama de modernidad, discontinuidades y transformaciones del sensorium que gravitan sobre los procesos de constitución de los discursos y los géneros en que se hace la comunicación colectiva.”

Para Martín-Barbero no se trata meramente de dilucidar la legitimidad teeórica de la comunicación, sino lo que denomina su “legitimidad intelectual”, es decir la idea de que la comunicación es un lugar estratégico para pensar las transformaciones sociales de las sociedades latinoamericanas, y también los caminos políticos para el fortalecimiento de las democracias de la región. En esta perspectiva, los comunicadores deben asumirse como intelectuales.

Nos interesa ahora la descripción que hace Martín-Barbero del origen de los estudios de comunicación en el continente:

“El campo de estudios de la comunicación se forma en América Latina del movimiento cruzado de dos hegemonías: la del paradigma informacional/instrumental procedente de la investigación norteamericana, y la de la crítica ideológico-denuncista en las ciencias sociales latinoamericanas. Entre  esas hegemonías, modulándolas, se insertará el estructuralismo semiótico francés.”

Y ahí hecha mano, curiosamente, a una cita de José Nun, actual secretario de Cultura de la Nación, y que es un politólogo, o un sociólogo político, o sea que casi por definición ha mirado los estudios de comunicación “desde afuera”:

“En América Latina la literatura sobre los medios masivos de comunicación está dedicada a demostrar su calidad, innegable, de instrumentos oligárquico-imperialistas de penetración ideológica, pero casi no se ocupa de examinar cómo son recibidos sus mensajes y con cuáles efectos concretos. Es como si fuera condición de ingreso al tópico que el investigador olvidase las consecuencias no queridas de la acción social para instalarse en un hiperfuncionalismo de izquierdas”

Las consecuencias habrían sido la escisión esquizofrénica entre saberes técnicos y crítica social, la reducción de la comunicación al nivel del aparato (Althusser), la huída de la producción (o su marginalización en el alternativismo), etc.

¿Será así? ¿O al menos lo habrá sido hasta 1982, cuando Nun escribió eso? Yo tengo bastantes dudas: me parece que hay acá un poco de desconocimiento y bastante de prejuicio. Ya tendremos tiempo de ir viéndolo en lo sucesivo.

Pero para Martín-Barbero esta caracterización de los setenta es necesaria para la operación de realce de las rupturas de los ochenta (donde él es protagonista), y donde confluirían:

  • el cuestionamiento de la razón instrumental (que vendría a ser una mala lectura de Horkheimer) y su asimilación con el ideologismo marxista
  • la globalización como realidad que desborda la perspectiva de la teoría del imperialismo.
  • la experiencia de los movimientos sociales
  • la conversión en objeto de los medios y las culturas populares urbanas en la historia, la antropología, la sociología.
  • la conciencia del estatuto transdiciplinar de la comunicación

Como resume el investigador colombiano:

“En esa nueva perspectiva, industria cultural y comunicaciones masivas son el nombre de los nuevos procesos de producción y circulación de la cultura, que corresponden no sólo a innovaciones tecnológicas sino a nuevas formas de la sensibilidad. Y que tienen si no su origen al menos su correlato más decisivo en la nuevas formas de sociabilidad con que la gente enfrenta la heterogeneidad simbólica y la inabarcabilidad de la ciudad. Es desde las nuevas maneras de juntarse y excluirse, de des-conocer y reconocerse, que adquiere espesor social y relevancia cognitiva lo que pasa en y por los medios y las nuevas tecnologías de comunicación. Pues es desde ahí que los medios han entrado a constituir lo público, a mediar en la producción de imaginarios que en algún modo integran la desgarrada experiencia urbana de los ciudadanos”

Esta definición del campo de la comunciación (y de su historia) se volvió hegemónica en los quince años posteriores a la publicación de De los medios a las mediaciones, pero me parece que en los últimos años se está realizando una saludable relectura del mismo, que encuentra continuidades inesperadas, sensibilidades sorpresivas en investigadores setentistas y luces renovadas en autores estigmatizados (por caso, Adorno). Enhorabuena.

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1 comment so far

  1. [...] Una primera precisión: si pongo entre comillas a “disciplina” es porque mis puntos de partida epistemológicos no abrevan en la búsqueda de objetos o metodologías particulares de una “ciencia de la comunicación”, sino que aceptan que un dominio de saberes -también si se trata de saberes científicos- se define sociológicamente a partir de la constitución de un campo específico y reconocible, como analicé más detenidamente en otro post. [...]


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