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La Batalla de Inglaterra

Un hallazgo. A partir de un comentario aparecido hace varios meses en la revista El Amante, conseguí una copia de Battle of Britain, uno de los documentales de la serie Why we fight, que Frank Capra dirigió para el Departamento de Guerra de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

La película tiene valor intrínseco desde el punto de vista histórico, pero aún más para quienes nos dedicamos a la teoría de la comunicación, ya que fue uno de los “mensajes” que utilizó Carl Hovland en sus investigaciones sobre los efectos de los medios masivos para lograr el cambio de actitud de los soldados reclutas.

Battle of Britain muestra -en tono heroico- los esfuerzos ingleses durante los bombardeos alemanes. Capra mezcla tomas documentales con recreaciones actuadas, y el resultado termina siendo indistinguible de la versión tópica de la Segunda Guerra Mundial que Hollywood  impuso por lo menos hasta los setenta: soldados aliados valientes y civiles sacrificados, uniendo sus esfuerzos en pos del triunfo de la democracia; nazis crueles movidos por la maldad y el ansia de sofocar la libertad, etc. Mirándola ahora, resulta por lo menos curioso que Hovland pensara que era posible que una argumentación del tipo que presenta el documental pudiera realmente modificar la actitud de personas que se enfrentaban a temores tan básicos (como el miedo a la muerte). No por nada, las conclusiones de El soldado americano le dan más chances de efectividad a cuestiones como el espíritu de grupo y el control interpersonal. Hovland va a tomar nota de esta dificultad, y en sus experimentos posteriores -ya dentro del Programa de Yale- elegirá a propósito temas de menor implicación personal.

Toda la serie de Capra está disponible en Internet Archive, el sitio de material de dominio público. Se puede ver en streaming o bajar archivos en varias versiones. Yo bajé uno OGV, pero la calidad es escasa (me quedó la duda acerca de si la versión MPEG2 de 2 Gb valía la pena). El problema son los subtítulos. Sólo conseguí unos ripeados por MakingOff, que no correspondían con la sincronización del video. Así que me dediqué a resincronizarlos y corregirlos (horrible el OCR del original y bastante mala la traducción), para finalmente subirlos a SubDivx.

Links:

Tiempos de barbarie

Llegué al libro a partir de un post de Alejandro Piscitelli en su blog, y un encuentro más o menos casual en el estante de la librería. Cuando llegué a casa Marta me dijo “¡uh, Baricco! Me encantó Seda“. Ahí conecté que -entre las muchas lecturas pendientes- estaba ese libro recomendado por más de un amigo.

Expectativas, entonces. Y lo cierto es que Los bárbaros: ensayo sobre la mutación no defrauda en absoluto. Aquí algunos apuntes desordenados.

1. Placer. El libro es la recopilación de los artículos publicados en La Repubblica en 2006. Pero, en verdad, no es una recopilación de artículos, sino más bien al revés: la decisión de escribir un libro por entregas, publicándolo en un diario, una especie de folletín ensayístico”, más preocupado por la urgencia de pensar que por la prudencia de publicar”, dice Barricco en la nota introductoria, donde en dos párrafos utiliza dos veces la frase “me apetecía”. Libro escrito desde el placer, entonces, y en donde el placer (no del autor, sino de los bárbaros) ocupa un rol central en el explicandum.

2. Bárbaros. Están aquí, entre nosotros. Y no los entendemos. ¿Pero quiénes somos “nosotros” y quiénes “ellos”, los bárbaros? Una primera aproximación, casi sensorial, pasa por decir que el tema del libro de Baricco es la transformación de los modos culturales, de las formas de percepción y de construcción de sentido. Cualquier parecido con las transformaciones en “la materia, el espacio y el tiempo” que ya no son “lo que han venido siendo desde siempre”  (cita de Paul Valery con la que empieza “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”) no es para nada coincidencia: Benjamin es el modelo explícito de la indagación baricciana. El eje es la caracterización de este cambio: en un pasaje del libro se habla del multitasking, esa capacidad que tienen los adolescentes de hacer diez cosas al mismo tiempo (chatear, mirar televisión, escuchar música, conversar con el hermano, preparar la tarea, jugar con una pelota, comer, etc.), y dice Baricco: “Las universidades americanas están llenas de investigadores dedicados a intentar comprender si se trata de genios o de idiotas que se están quemando el cerebro”. Responder a ello: ¿los nuevos modos de percepción/consumo/creación cultural son un empobrecimiento, y nuestro destino es la idiocracia, o -por el contrario- son los prejuicios de un mundo que está muriendo los que hacern ver en lo que es un cambio revolucionario una pérdida a lamentar?, es el eje del libro.

3. Tácticas. El vino, el fútbol, la industria editorial. Tres ejemplos de campos donde la invasión bárbara ya se ha llevado cabo, tres terrenos para encontrar las tácticas que despliegan los recién llegados. Y una conclusión operativa, en forma de hipótesis: “con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso”. Son unas cuantas las consecuencias de esta frase, si es que le damos validez (y pareciera tenerla): el protagonismo tecnológico para posibilitar el cambio (nada sorprendente esto), la popularización de un tipo de acceso cultural a grupos que lo tenían vedado (y el carácter democrático de toda ruptura bárbara), el alineamiento con el modelo cultural imperial (y las complicaciones políticas que supone), etc.

4. Google. No es un ejemplo: es el paradigma. No podríamos afirmar que el éxito de Google sea debido a su revolucionario método de cálculo de la importancia de cada página en relación a la búsqueda que se realiza, pero lo cierto es que hay una afinidad entre ambas cuestiones. El Page Rank de Google es un algoritmo matemático de gran complejidad (aquí hay un artículo sobre el mismo, del cual apenas entendí los primeros párrafos), pero la idea principal es simple: la importancia de una página depende principalmente de las páginas que la enlazan (y de la importancia de éstas, medida del mismo modo). Es decir, no hay nada esencial y profundo, de lo que se trata es de poner en funcionameinto la inteligencia colectiva. Nuevamente: hay un sentido profundamente democrático en la intervención bárbara.

5. Sentido. La diferencia (que el ejemplo del multitasking ponía en evidencia) se da entre un modo de construcción del sentido que parte del esfuerzo y la profundidad, que entiende el sentido como el tesoro subterráneo, el resultado de horadar bajo la superficie de las apariencias, y un modo nuevo que surfea en la superficie, que guía su recorrida guiado por el placer y que construye sentido en la interacción y la trayectoria veloz. Pero Baricco lo dice de una vez: la profundidad, el alma, después de todo, es solamente un prejuicio que aún hemos heredado del romaticismo, de esa necesidad de la burguesía de arroparse de blasones morales y culturales, estando (como estaba) desprovista de otros honores, más allá del dominio estratégico de la riqueza (ahora que lo pienso, K. Gergen, en El yo saturado, también se detiene en el romanticismo para situar la diferencia entre las visiones del yo). Para peor, esa búsqueda de la profundidad no ha sido declarada inocente en lo que hace a las experiencias más atroces del siglo XX, siempre vinculadas a un esencialismo de las identidades. Los bárbaros huyen instintivamente de la profundidad, son una expresión de la especie que busca sobrevivir a sí misma.

Kubilai Kan

6. La muralla. Baricco se da el gusto de escribir el epílogo caminando sobre la Gran Muralla China. Los bárbaros no eran preexistentes a la muralla, dice. Es la muralla la que crea, al dividir, un nosotros y un ellos: más allá están los bárbaros, protegidos por el muro defensivo permanece la civilización. Operación básica de creación de frontera. Por supuesto, la historia muestra lo efímero del intento: las huestes mongolas rodeaban periódicamente la muralla y conquistaban China. Pero, no es un dato menor, al hacerlo se convertían en Kublai Kan, y creaban una nueva dinastía china. La mirada de Baricco es optimista: de lo que se trata no es de bárbaros, sino de mutantes: “No hay fronteras, creedme, no hay civilización de un lado y del otro bárbaros: existe únicamente el borde de la mutación que va avanzando, y que corre por dentro de nosotros. Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos”. 

La barbarie, que después de todo es la denominación de lo incomprendido, “es un magnífico lugar”, dice Baricco. Aunque atravesado por dudas, tiendo a pensar que tiene razón.

Azares debordianos

Guy Debord

Guy Debord

Eduardo Rinesi, mi director de tesis, me mandó a leer La sociedad del espectáculo para enriquecer el modelo teórico del trabajo. Confieso que -entre los muchos, demasiados, libros que esperan su turno- en mi biblioteca se encontraba desde hace tiempo la edición del clásico de Guy Debord publicada por La Marca en 1995 (que por ahí leí que es considerada la mejor traducción al castellano de un libro que tiene sus complicaciones).

Intuyo que cualquiera que se haya enfrentado a las tesis debordianas habrá sentido, a la par que la perplejidad que genera el querer asir lo que es un pensamiento en movimiento, la admiración que produce la lucidez de la anticipación. El sistema mediático-político-cultural de mediados de los sesenta es profundamente diferente del actual, pero las líneas de análisis que Debord estableció se profundizan hoy. La lógica cultural del capitalismo tardío, si bien tributaria de las potencialidades abiertas por la técnica, requiere una explicación política y social, no meramente instrumental: “no es el espectáculo el producto necesario del desarrollo técnico considerado como desarrolllo natural. La sociedad del espectáculo es, por el contrario, la forma que elige su propio contenido técnico” (tesis 24). Esta tesis confluye con el actual acento en las investigaciones sobre la web en el concepto de ensamblaje sociotécnico, donde el componente técnico, o arquitectura técnica, es permanentemente redefinido por sus usuarios, que vuelven efectivas algunas de las potencialidades implícitas en él, mientras que desechan otras.

En fin, como siempre, una buena lectura induce a ampliar las referencias. Así que hice algunas búsquedas con resultados más que felices. Indagando acerca de Debord me enteré de que era un gran jugador de ajedrez (como Duchamp, habría que establecer algunas conexiones) y que había creado un juego llamado Kriegspiel, un juego de guerra del que se sentía particularmente orgulloso. En 1987 (Debord murió en 1994) el filósofo y su esposa lanzaron una edición en cartón del juego, acompañado de un libro con estudios sobre las estrategias posibles de desplegar en el mismo. Lo curioso es que Debord, que había renegado públicamente de las ataduras del copyright, parecía tener una conducta algo más conservadora en lo que hacía a su obra (la correspondencia entre el autor de La sociedad del espectáculo, su editor francés y la editorial española Catellote, a propósito de lo que parecía iba a ser la primera edición en castellano del libro, además de recomendable por lo hilarante, es una muestra de ello) y su viuda, aún más. Cuestión que en mayo de este año el desarrollador de software, artista y crítico cultural Alexander Galloway decidió hacer una suerte de homenaje a Debord y lanzar una versión virtual del juego, con el mismo nombre: Kriegspiel, y recibió como respuesta una amenaza de acciones legales por parte de la viuda, si no se quitaba inmediatamente de Internet. Parece que la demanda no prosperó, porque el juego puede bajarse aún de modo gratuito.

El Kriegspiel de Galloway

El Kriegspiel de Galloway

Y como una cosa lleva a la otra, después de deleitarme con los dimes y diretes de esta historia, empecé a bucear tras Galloway, con dos hallazgos: la revista Artnodes, revista sobre arte/ciencia/tecnología de la Universidad Oberta de Catalunya, bella e interesantísima publicación. Y en ella, en su número 7 (último hasta la fecha en que escribo este post) un artículo de Galloway: “Acción del juego, cuatro momentos”, donde se anima a intentar una hermenéutica de los videojuegos, en la que utiliza la distinción  entre actos diegéticos y extradiegéticos, que toma prestada con elegancia y originalidad de los estudios literarios. Más que recomendable.

Algunos links:

Nota: en Youtube se puede ver completa (en varios fragmentos) la película que Debord hizo en 1973 sobre el libro. Hay varias versiones, una con audio original francés y subtítulos en español.