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La ingenuidad del otro
La Revista Ñ publicó en su última edición una entrevista al filósofo Peter Singer, quien a juicio de la revista Time parece que es una de las cien personas más influyentes del planeta. Singer defiende los derechos de los animales, desde una filosofía utilitarista inspirada en iniciadores de esta corriente anglosajona.
Todo suena bastante bien y políticamente correcto, ya que se trata, dice Singer, “simplemente de permitir la libertad de pensamiento y expresión más amplia posible”. Ahora bien, en un tramo de la entrevista Singer se despacha en contra de los postestructuralistas que son, a su juicio, bastante ingenuos y ”su rechazo de la verdad objetiva me recuerda al tipo de argumentos que esgrimen algunos estudiantes universitarios de primero o segundo año”. No creo que filósofos como Derrida o Deleuze necesiten que yo los defienda, pero la verdad es que el descaro de Singer es bastante molesto, y de hecho, inconsecuente.
Veamos por ejemplo su posición de permitir cualquier tipo de idea, ya que ”aún si una afirmación es absurda, como negar el Holocausto, deberíamos proveer la prueba que la refute y no encarcelar a quien la sostiene”. Uno puede apoyar algo así en una charla de café, pero a poco de reflexionar sobre el tema, se vuelve insostenible. Hay algún tipo de vínculo entre las ideas y las acciones y si bien no hay obstáculos a la expresión de cualquier interpretación sobre un hecho histórico (si existió, o no, o si fue de tal o cuál manera, y esto incluye el Holocausto), la cosa cambia de color cuando pasamos a ideas que defienden estilos de vida específicos. Toda cultura empíricamente existente proscribe algunas ideas. Por ejemplo la idea de que los niños no son totalmente humanos, o son simplemente débiles y por eso pueden ser sometidos sexualmente, es una idea considerada aberrante por nuestra sociedad, y su expresión es condenada (encarcelamos a quien la sostiene, diría Singer). Si me preguntan, diré que -efectivamente- ese tipo de ideas no son admisibles y deben ser perseguidas. Por supuesto, qué ideas en concreto son inadmisibles en una sociedad y un momento dados, es históricamente variable. Pero la posibilidad de que no exista ese límite es una ingenuidad (ni siquiera admisible en estudiantes de primero o segundo año), y debo decir de un tipo en el que no caería un poststructuralista.
Pero el colmo de la ingenuidad singeriniana viene dado con su propuesta de que la solución a la pobreza en el mundo es “más y mejor ayuda”. No es que sea directamente condenable incrementar la ayuda de las naciones ricas a las pobres, pero resulta obvio (al menos para un argentino) que la situación de las naciones pobres tiene al menos tres componentes: falta de ayuda (está bien), incompetencias propias, pero también políticas globales que dificultan el desarrollo de los países pobres. De haber una solución, no será que las actuales United Fruits donen un par de dólares más de sus ganancias para los pobres del Tercer Mundo. Sostener lo contrario (como hace petulantemente Singer), si no es ingenuidad, cae directamente en el cinismo.
El mejor candidato
Al desarrollar su tesis acerca de que en el meollo de la experiencia actual se encuentra la crisis de la división de la experiencia humana en Trabajo, Acción política e Intelecto (y la colonización por parte del capitalismo postfordista de las habilidades genéricas de la especie humana y la puesta al servicio de las mismas), Paolo Virno cita una novela de Luciano Bianciardi:
¿Cómo se mide la pericia de un cura, de un publicitario, de un especialista en relaciones públicas (RR.PP.)? ¿Cómo se hace para calcular la cantidad de fe, de deseo de posesión, de simpatía que ellos serían capaces de generar? No, no tenemos otro patrón de medida que la capacidad de cada uno de permanecer a flote, de subir un poco más, es decir, de convertirse en obispo. [...] La política, como todos saben, desde hace tiempo ha dejado de ser la ciencia del buen gobierno y se ha convertido en el arte de la conquista y la conservación del poder. Así es que la bondad de un hombre político no se mide en relación con el bien que hace a los demás, sino sobre la base de la rapidez con que llega a la cima y el tiempo que se mantiene.
El algún lado Zizek (en tono goffmaniano, si se quiere) afirma que las apariencias lo son todo, que la lucha ideológica propiamente dicha se centra en volver inarticulables ciertas palabras, ciertos sentidos. En la medida en que se puede formular cierta idea, aún cuando esa idea encuentre oposición, la batalla ya está ganada (o perdida).
En esta semana que termina se ha podido formular la idea de que Néstor Kirchner sea candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires el año que viene. La brutalidad de los argumentos que se dan para sostener esta idea es notable. Florencio Randazzo, por ejemplo, a la sazón ministro del Interior, explicó que “el mejor candidato [es] el que garantice el mejor resultado y quien mejor encarne el proyecto nacional que se está llevando adelante”, virtudes que tendrían en grado sumo Néstor, que parece que es el único que en la provincia más poblada del país “garantizaría” al menos un 30% (Clarín, 11/10/2008).
Por si algún anticuado recuerda que la idea básica de la política representativa es que el representante pertenezca al grupo representado (y esto en un sistema delimitado territorialmente supone que sea residente del distrito que aspira representar), Hugo Moyano, secretario general de la CGT, recordó que Kirchner “hace seis años” que vive en la residencia de Olivos, y eso -según él- le daría “todo el derecho” de postularse (La Capital, 12/10/2008), argumento que -llegado el caso- también habilitaría a que se presente como candidato el embajador de otro país en Buenos Aires.
La verdad, un verdadero despropósito. Pero el hecho de que la idea sea formulada de una manera tan clara, no sea discutida ni siquiera por la oposición, sea además la reiteración y profundización de otras apuestas ya consumadas (Cristina Kirchner senadora de Buenos Aires, Scioli gobernador), llevan a convertirla en patrimonio del sentido común vigente.
El carácter instrumental y de cúpula que tiene este tipo de movidas (que además tienen muchas posibilidades de volverse exitosas) podría ser tomado como síntoma del estado de salud de la democracia argentina. En fin, las conclusiones a las que puede llegar Virno después de un análisis sutil, complejo y matizado se vuleven expresión cruda, obsena, en las pampas argentas.
Dos frases, dos mujeres
Frase I
La escuché anoche, en elprograma de Joaquín Morales Solá. Y antes, durante el discurso de la victoria, la noche del domingo. En ambas ocasiones, Cristina K. lanzó la que parece su nueva muletilla: “no es suficiente con un buen gobierno, necesitamos una buena sociedad”.
Una frase poco elegante, podríamos decir. Y no se trata sólo de las formas. O precisamente se trata de las formas (diferenciar nítidamente forma/contenido está en las antípodas de una concepción más o menos atinada del lenguaje). Lo que la frase supone es que ya tenemos un buen gobierno, que lo que falta está en otro lado, en la sociedad.
Pronunciada por quien forma parte del actual gobierno y acaba de ser electa con los valores de la continuidad del mismo, es una frase -cuanto menos- pedante. Cierto periodismo ha alabado la mesura de los primeros pronunciamientos de Cristina K. como presidenta electa (ver la nota de van der Kooy en Clarín), pero a mí me parece que aquí vale el dicho gauchesco: “al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen”.
Frase II
Nota de Clarín, en “Último momento”: Elisa Carrió dice que “No la felicité [a Cristina K.] porque sería una sobreactuación“, ya que “no compartimos los valores del oficialismo”.
Otra frase desacertada y soberbia. ¿Cuáles son los valores que se supone que el ARI “no comparte” con el oficialismo, en el contexto del análisis de una elección? ¿El respeto al pronunciamiento de los ciudadanos, expresado en las urnas? ¿O qué?
Cuando éramos pibes la respuesta típica a un exabrupto como el de Lilita era “¡ eso es calentura !”. Triste forma de entender el respeto a las instituciones por parte de quienes hablan de la institucionalidad.
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