Y fue así, nomás


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Los últimos datos provisorios de la elección de ayer hablan de un 44,9% para Cristina K., un 23% para Elisa Carrió y un 16,9% para Roberto Lavagna. Más o menos lo que indicaban las encuestas de la última semana, que esta vez acertaron (los datos oficiales acá).

UrnaAhora viene la parte del análisis, donde suelen tener lugar una serie de afirmaciones que parecen de sentido común, pero que las más de las veces son elucubraciones sin ninguna conexión con la causa de los procesos, especialmente porque suelen partir de que “el electorado” (como si se tratara de un individuo con intenciones) decidió tal o cual cosa.

Una frase de ese tono es la que afirma que “el pueblo nunca se equivoca”. No porque se equivoque o deje de hacerlo, sino porque hay una diferencia sustancial entre que no lo haga y que sea imposible verificar si lo hace. Discutir acerca de si el pueblo se equivoca o no es un sinsentido: a menos que exploremos dimensiones paralelas a la nuestra, simplemente nunca podremos saber si otra alternativa encerraba un destino mejor o peor. Si cuando el pueblo elige determinara el acierto de una opción (en este caso la “verdad” de Cristina K. y el “error” de los demás), lo único que podría hacer un político perdidoso sería -con humildad- reconocer sus errores, pedir disculpas y convertirse a las ideas triunfadoras. Por supuesto que ese no es el caso: cuando una opción política no alcanza el apoyo del electorado lo único que eso quiere decir es que -en el marco del juego democrático- no ha llegado la hora de ponerse en práctica (tal vez nunca llegue).

En fin. Me parece que la de ayer merece algunas reflexiones con otra pretensión, y que abonan la hipótesis de que nuestra democracia necesita aún de una madurez mayor:

  • más allá de que ha sido finalmente bendecida por las urnas, no deja de resultarme incómodo que -y más allá de sus valores, ¡cientos de mujeres los tienen!- el principal capital político de Cristina K. sea que es la esposa del presidente. Me sigue sonando medieval, en el sentido de que lo público pasa a ser lo privado de una familia (antes del rey, ahora de los Kirchner).
  • tanto en los distritos en que ganó el Frente para la Victoria y en los que perdió, no hay casi diferencias entre los votos a presidente y los votos a cargos legislativos nacionales. Me resisto a creer que la principal virtud de un candidato a diputado sea ir en la misma boleta que el candidato a presidente de mi preferencia. En algunos casos esto escasi extremo: yo vivo en Chubut, donde el oficialismo ganó los tres cargos a diputado nacional en disputa. El “cabeza de lista” es una persona conocida, los otros dos son bastante ignotos. Es claro que su principal capital era la boleta donde iban. Es más, un grupúsculo inexistente consiguió armar otra sábana donde aparecía Cristina K. de candidata, y logró un nada despreciable 12%. O sea que casi nadie mira lo que mete en el sobre, excepto el cargo más importante en disputa. ¿Es un problema de las listas sábanas o de inmadurez ciudadana?
  • hubo trece candidatos a presidente (de variados pelajes ideológicos), y ninguno emergió de una elección interna. Está bien: los partidos están en crisis, pero lo que aparece en sustitución no es un sistema más democrático y participativo (ilusiones de las asambleas de 2001/2002) sino grupos de poder que “arrastran” a las viejas estructuras.

El panorama no es del todo esperanzador, me parece.

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