Incomunicación educativa


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Hace un par de días pude ver Entre los muros, la película de Laurent Cantet que ganó la palma de Cannes 2008 y que ha generado algunos debates interesantes sobre la escuela media. En la escena inicial el profesor, François Marin se toma un cafecito en un bar cercano, luego sale y camina hasta la escuela. Estos 40 segundos son los únicos filmados “fuera de la institución”: en el resto de la película sólo podemos ver el interior de la escuela, mayormente desde la perspectiva de Marin, y en su interacción cotidiana con un grupo de alumnos. Suponemos muchas cosas: que Marin es profesor de otros cursos, que tiene una vida fuera de la escuela, que lo mismo sucede con sus alumnos. Pero nada de eso es una información disponible al espectador, que mayormente deberá conformarse con conjeturas.

La cámara un tanto nerviosa, los primeros planos invasivos, van creando una sensación de tensión e incluso de hacinamiento (“Intenté dar una impresión carcelaria, porque creo que es lo que sienten la mayoría de estos chicos al entrar cada día a la institución”, dijo Cantet en en Festival de Pinamar, en marzo pasado).

Es una escuela de suburbio, multiétnica y multicultural. Eso podría explicar que el eje que atraviesa la película sea la incomunicación, pero en realidad sólo lo vuelve más obvio. Los personajes conversan todo el tiempo: el profesor con los estudiantes, los estudiantes entre sí, los docentes en la sala de profesores, docentes, directivos y alumnos en instancias institucionales, docentes y padres en entrevistas. Y sin embargo, lo que se va volviendo imposible es encontrar marcos de interpretación comunes. No casualmente Marin es profesor de Lengua: intenta enseñar francés, pero los sentidos de las palabras pierden fijación, se vuelven flotantes y entran en disputa. Para explicar el término “suculento”, pone como ejemplo el enunciado “Bill disfruta una suculenta hamburguesa”, y recibe como crítica de Esmeralda y Khauma “¿Qué hay con los Bills? ¿Por qué no usar nombres como Aïsatta o Fatou?”. El acuerdo se vuelve imposible, porque las resignificaciones del espacio institucional, los enmarcamientos, son diametralmente diferentes. Los ejemplos son numerosos; en un momento el profesor trata de valorar la actitud de Carl, un alumno antillano que ha llegado al instituto luego de su expulsión de otro, para encontrar como respuesta “¿Creen que me han domado?”. ¿Qué factores están en juego? ¿La escuela sigue siendo un aparato ideológico, concentrado en la reproducción, pero ahora siendo caracterizado correctamente por los alumnos? ¿Qué representa el conflicto docente/alumno, en lugar de cuál otro está? Porque ese eje de conflicto es ineludible: cuando Marin le pide explicaciones a sus alumnas que han presentado una queja sobre él, cuando las interroga acerca de qué esperan obtener, la respuesta es “que lo castiguen, como a nosotros”.

Ahora bien, más allá de que los adolescentes pueden ver y disfrutar la película, pareciera obvio que el espectador ideal de la misma es un adulto. Desde allí, nos identificamos con Marin, que parece un buen tipo, abierto y bienintencionado, víctima -en el mejor de los casos- de la indiferencia juvenil, en el peor de la agresividad, impotente ante la deriva de los significantes y la incomprensión que conlleva. En varias críticas se ha relacionado el film con Los 400 golpes, el clásico de François Truffaut de los años cincuenta. Pero son obvias las diferencias: si en la película de Truffaut la constante es el autoritarismo de los adultos/docentes, en Entre los muros nos encontramos con profesores democráticos y comprensivos, sinceramente preocupados por sus alumnos. Y así y todo, la cosa no parece funcionar, porque la que ya no tiene un rol claro para todos es la misma institución educativa. En el final, último día de clases, una alumna -que no ha abierto la boca en toda la película- se le acerca al profesor para decirle que no ha aprendido nada y que no quiere seguir estudiando. Marin no tiene argumentos, apenas le dice que aún tiene un año más para pensarlo.

Hace unos días Daniel Filmus hablaba en una entrevista en Clarín del conocido tema de la devaluación de las acreditaciones: en un mercado que combina un número alto de graduados y una capacidad baja de generar puestos de trabajo, la tendencia es que cada vez se exijan mejores acreditaciones para los mismos puestos. La reflexión de Filmus era una de las posibles: siempre es mejor estudiar, porque mejora la empleabilidad. Pero esto parece cierto sólo para cotas muy altas de acreditación (estudios de grado universitario, por ejemplo); en el caso del nivel medio el título sirve como escalón para seguir, pero no como valor en sí. Esta realidad parece ser parte del contexto de la escuela media: en función de un proyecto futuro de desarrollo laboral, la escuela ya no ofrece ninguna garantía, no parece socialmente relevante.

Me parece que ese es el conflicto que ronda en la película, una cuestión estructural que está bastante más allá de la voluntad de los agentes. En El amante (N° 205), Jorge García (a quien evidentemente no le gustó la película) critica la escena del final, donde docentes y estudiantes juegan un partido de fútbol, diciendo que con su “emotividad” contradice la presunta desolación del director. Me parece que es una mala comprensión de la escena: no se trata de un final que suponga una reconciliación, sino más bien una pausa. O, mejor aún, una demostración de las contradicciones que atraviesan la institución: si el conflicto le resulta inherente, éste no queda tampoco definido como antagónico, y es la incomodidad de los personajes con sus propias posiciones lo que le da interés global al planteo.

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