¿Dónde quedamos los comunicadores en tiempos de los prosumidores?


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Acabo de dar una charla en una jornada para estudiantes y docentes de la carrera de Comunicación Social de la UNPA-UARG (donde estoy dando clases desde marzo pasado), invitado por Iris Bergero, y a sugerencia de Mariana, una alumna por demás emprendedora.

Mucho entusiasmo, problemas comunes a muchas carreras de comunicación, inquietudes parecidas: demandas de más especificidad, orientaciones, las constricciones de las empresas de medios como limitaciones a sortear, etc. Es piola escuchar a los estudiantes, siempre genera ideas y entusiasmo.

El título de la jornada era “Desarrollo profesional y proyecciones laborales en el campo de la comunicación”, y es un tema habitual en los estudiantes, resumido de un modo brillante por la misma Mariana al comenzar el día: “Además de trabajar en los medios y como docente ¿qué otras cosas puedo hacer como comunicador?”. Dicho así, no podía dejar de interpelarme, porque era una pregunta que me hacía -casi con las mismas palabras- cuando estaba estudiando comunicación en la UNPSJB, en la segunda mitad de los ochenta.

Decidí por ello hacer una cosa bastante inhabitual para mí: presentar un recorrido biográfico-profesional, no a modo ejemplar, sino ilustrativo; después de todo, soy efectivamente un comunicador patagónico que se ha planteado esa inquietud. Este relato lo hice deteniéndome en dos cuestiones:

  • mi temprano interés por las computadoras, y mi trabajo en diálogo con programadores y gente de informática, tanto en Innovisión S.A. como cuando fui webmaster del sitio oficial de la Municipalidad de Comodoro Rivadavia.

  • la experiencia de Nombre Falso, que me enseño en la práctica algunos corolarios de la teoría de long tail (y varios años antes del libro de Chris Anderson).

La charla se tituló “¿Dónde quedamos los comunicadores en tiempos de los prosumidores?”, y -luego de esa introducción “vivencial”, donde además del relato mostré algunos proyectos web que me ocuparon los últimos años: Nombre Falso, comodoro.gov.ar, La cartelera, este blog y conectandonos.gov.ar– traté de articular algunas ideas que van decantando de lecturas, discusiones e intercambios sobre la evolución de la web, la relación/tensión entre los medios tradicionales y los nuevos medios, la remediación de los primeros, la participación como eje cultural y del ecosistema mediático, etc.

La imagen de Pulitzer me sirvió para mostrar la conexión entre el periodismo como profesión y unas coordenadas económicas, epocales, tecnológicas bastante precisas. El hecho de que uno de los fundadores del periodismo amarillo, y de hecho uno de quienes consolidaron a la noticia como una mercancía de intercambio masivo, fuera al mismo tiempo el promotor de la primera escuela profesional de periodismo (en la Universidad de Columbia) no es para nada una trivialidad (yo le había dedicado un artículo a estas cuestiones hace algún tiempo). La cuestión es pensar en la deriva de la profesión del productor de noticias cuando esas coordenadas cambian profundamente, a lo que hay que sumar las peculiaridades propias de una región periférica y poco poblada.

Después mostré imágenes de Mark Zuckerberg y Matt Mullenweg. Ninguno de los presentes identificó a los creadores de Facebook y WordPress, pero por supuesto que conocen y usan sus creaciones. Propuse discutir acerca de si corresponde llamar a estos personajes los nuevos “pulitzers” y qué cosa implica que los creadores del nuevo ecosistema comunicacional sean programadores y no empresarios o periodistas.

Las ideas de Henry Jenkins me permitieron hacer un repaso rápido por las características salientes de los sistema cultural-mediáticos actuales: flujo de contenido entre los medios, complejización de la cultura popular, presencia de las narraciones trasmediáticas, presencia de la inteligencia colectiva.

Estas nociones tenían por sentido arribar a un esbozo de diagnóstico acerca de las tensiones a que someten estas transformaciones culturales a nuestra profesión de comunicadores, especialmente por el desafío que presenta la creciente participación de los usuarios, los esquemas bottom-up y las experiencias de creación colectiva, a nuestro rol tradicional. Bastante se ha hablado de que el rol tradicional del docente como portero del conocimiento ha quedado totalmente fuera de lugar cuando los alumnos tienen en la punta de los dedos mucha más información que la que posee cualquier maestro o profesor. De igual modo, el rol tradicional del comunicador debe transformarse, desde la producción simple de información que no sería accesible al lector/audiencia de otro modo a un verdadero rol de mediador y -también- de facilitador.

Si me detuve en la experiencia de Nombre Falso fue porque en su momento -allá por 2000- empezamos el proyecto como un sitio web de cátedra, para darnos cuenta bastante rápido que mantener ese objetivo no tenía mayor sentido (había maneras más simples y efectivas de comunicación docentes/alumnos en una materia presencial). Pero en ese mismo movimiento nos anoticiamos de que el sitio era visitado por personas de las procedencias más disímiles, y nos dimos cuenta de que -cuando uno tiene un contenido de alta especificidad- internet permite -más bien obliga a- alcanzar un mercado global. Un portal de comunicación y sociología de la cultura tiene un destinatario bastante específico, pero igualmente -contabilizando solamente a docentes y estudiantes de habla castellana- se trata de unas 400 mil personas. Un mercado nada dedeñable para una región -la Patagonia Austral- que tiene actualmente una población total de apenas el doble de personas.

Unos años después, Chris Anderson le puso nombre a esta realidad con su teoría de long tail, y sigue siendo un dato válido para pensar proyectos comunicacionales en una región periférica; contenidos de calidad y alta especificidad (ubicados en la cola), pensados para un mercado global.

Por supuesto, en el marco de una extendida cultura de la gratuidad, un problema para la sustentabilidad de estos proyectos es la monetización, tema para nada secundario.

Mientras termino de escribir este post, en el colectivo que me lleva de vuelta a Comodoro Rivadavia están dando una película con la actriz de “Boys don’t cry”, en la que hace de una profesora en una escuela secundaria marginal de EE.UU. Es increíblemente mala y estereotipada, parece una parodia y no un drama. Para colmo está doblada, así que me resulta más difícil abstraerme. El guionista y el director deberían contagiarse un poco de Henry Jenkins.

Los videos que usé en la charla:

Prometeus: el futuro de Internet (tiene unos 4 años, es interesante ver cómo incluso en tiempos tan cortos es difícil predecir el futuro):

“Hey, Jude”: karaoke masivo en Trafalgar Square (buenísimo: gracias Alejandro!):


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