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Bateson, Watzlawick y la vigencia analítica de los axiomas de la comunicación


El objetivo de este post es ejemplificar algunos conceptos de Gregory Bateson y Paul Watzlawick, de manera de que su comprensión resulte más sencilla. No voy a exponer muy sistemáticamente esos conceptos, algo que sí hice en Bateson y el modelo comunicativo de Palo Alto.

Nos va a interesar particularmente la característica de la comunicación humana de darse –simultáneamente– en varios niveles, niveles en los cuales los superiores enmarcan (y por lo tanto condicionan de modo absoluto) a los inferiores. Si bien esta distribución es lógicamente inagotable, a los efectos prácticos podemos considerar que existen dos niveles distintos en cualquier comunicación entre seres humanos, a los que Watzlawick llama el nivel del contenido y el de la relación. El segundo es de un tipo lógico superior y opera como un “comentario” o enmarcamiento, y de ahí que Bateson hable de que es el de la metacomunicación, de la comunicación acerca de la comunicación.

Esta característica, que Watzlawick identifica como uno de los axiomas de la comunicación (palabra que él utiliza en su sentido lógico-matemático; como dice la Wikipedia “toda proposición no deducida de otras, sino que constituye una regla general de pensamiento lógico”, y por lo tanto presente siempre, en toda interacción), es la que nos va a resultar de mayor interés. El resto de los axiomas, por supuesto, también estarán en los análisis que realicemos.

Estas categorías deberían servirnos para vacunarnos contra el “síndrome de la literalidad”, es decir la concepción –ingenua y también errónea– de que el sentido de lo que decimos reside allí, justamente en las palabras. Como decía Ortega y Gasset: “Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos muchas veces por malentendernos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos”.

Vamos a utilizar como ejemplos dos escenas de la película Ordinary people (Gente como uno), film de 1980 dirigido por Robert Redford y que obtuvo en su momento el Oscar al mejor largometraje. Es un drama psicológico, con sólo cuatro personajes importantes: Conrad (Timothy Hutton) un adolescente, sus dos padres –Calvin (Donald Shuterland) y Beth (Mary Tyler Moore)– y el Dr. Berger (Judd Hirsch), psicólogo de Conrad. Doy algunos datos de la trama, necesarios para contextualizar los ejemplos. Promediando la película nos enteramos que Buck, el hermano de Conrad, murió en un accidente en un velero deportivo, algo de lo que él se culpa (y posiblemente también su madre lo hace). Como consecuencia tuvo un intento de suicidio y fue internado en una institución psiquiátrica. El film comienza cuando ya ha sido dado de alta y tanto él como sus padres intentan recuperar la normalidad. A insistencia de su padre, acude a iniciar una nueva terapia con el Dr. Berger. Veamos la escena de la primera sesión. Véanla un par de veces, detenidamente. Luego ofreceré mi interpretación, que por supuesto queda sujeta a opiniones e interpretaciones alternativas.

La escena arranca con Conrad sentado en un banco, frente al edificio donde se encuentra el consultorio del psicólogo. Es evidente que ha estado pensando en si acudir o no a la cita, no es algo que haga de buena gana, como veremos enseguida. En el ascensor va practicando (o parodiando) un diálogo de presentación; pareciera que no tiene ninguna expectativa de que la cosa pueda resultar en algún modo positiva.

Desde el primer momento el diálogo entre Conrad y el psicólogo va a estar teñido de ambigüedad, de sobreentendidos, de cosas no dichas (explícitamente). Va a consistir en una negociación de la relación. Berger parece a primera vista petulante y frío, pero luego (en la película, hago un spoiler) descubrimos que es un terapeuta comprometido e inteligente. Lo que dice desde el inicio debe ser enmarcado así (o yo lo haré con intención didáctica). La primera frase de Berger, ante la confusión respecto a la relación timbre-oficina es “le pasa a todo el mundo”. Y esa va a ser la tónica, aunque Conrad está lejos de sospecharlo.

“¿Te costó encontrar el lugar?”, pregunta Berger, a lo que Conrad responde “No mucho” (“Not yet” en el original, “no mucho” pero también “no todavía”). El psicólogo lo mira con algo de incredulidad. ¿La pregunta refiere a la localización física del consultorio, o a la decisión necesaria para acudir a la terapia? Berger inicia un interrogatorio en un tono administrativo, burocrático ¿Cuánto hace que saliste? ¿Estás deprimido?, etc. Conrad se pone paulatinamente más nervioso, y eso se nota en su movimiento corporal (en su sistema kinésico).

“¿Qué hiciste?”, continúa su interrogatorio Berger, y Conrad contesta de mala manera “Intenté suicidarme ¿no lo dice allí? (en el expediente)? Pero Berger muestra una especie de interés técnico, “apreciando” el método utilizado para el intento de suicidio. Conrad no puede dejar de comunicar su malestar, su deseo de no estar allí. Mueve las piernas casi frenéticamente. En el nivel relacional, podemos decir que para Conrad la relación es de no colaboración, y para Berger de (fingido) desinterés.

Eso hasta que llega el momento de quiebre, la pregunta de Berger “Entonces [si está todo bien en tu vida, como decís] ¿por qué estás aquí?”. En este punto la estrategia de Berger empieza a evidenciarse. La respuesta automática sería: “Intenté suicidarme, algo que hacen las personas que tienen problemas psicológicos y por eso me mandaron a terapia. No soy una persona normal (algo que me hacen saber los que me rodean), porque las personas normales no tratan de matarse”. Pero Berger va en otra dirección, algo que ya había anunciado (después de todo, lo que le pasó a Conrad es “algo que le pasa a todo el mundo”, como fueron sus primeras palabras). Berger reclama de Conrad un reenmarcamiento, y él –de repente y ante la pregunta inesperada– se queda quieto y empieza a atender. Debe explicitar en qué consiste su “problema”, cuál es el motivo de su insatisfacción. Pero esto no es fácil de reconocer, y la primera respuesta es “de compromiso” ¿realmente es algo que él cree, o es una respuesta “políticamente correcta”? “Quiero tener más control”.

Pero para Berger nada es obvio, el camino terapéutico –que es un camino de autodescubrimiento– ya ha empezado, y entonces inquiere “¿Por qué?”. Noten que a esta altura el comportamiento no verbal, vale decir la comunicación analógica, ha cambiado totalmente. Ya no se trata de un desinterés (real en el caso de Conrad, fingido en el de Berger): los dos están centrados en la conversación. Se miran a los ojos, cosa que no hacían, hablan más detenidamente.

Berger ha estudiado detenidamente el caso y ya posee un diagnóstico en mente: el problema es la relación con la madre (“¡Otra vez sopa!”, dirán las madres). Y va a intentar sugerirlo, yendo “a la pesca”, a ver si Conrad muerde el anzuelo. Primera estocada: ante la respuesta de Conrad de que su padre está preocupado por su falta de control, le pregunta “¿Y tu madre no está preocupada?”, lo que podríamos traducir como “creo que tu madre es el problema”. Conrad reacciona negativamente: “Voy a serle sincero. Esto no me gusta” ¿A qué se refiere Conrad con “esto”? En un nivel relacional, Berger ha planteado su propuesta: “Puedo ayudarte”, pero eso necesita algo más de Conrad, algo que le cuesta aceptar. La respuesta de Berger es una “ironía interaccional”, podríamos decir que al afirmar “mientras seas sincero” está replicando “no te creo”.

Ahora un interludio. Berger ya ha planteado su propuesta de relación (“puedo ayudarte”), pero Conrad aún no está seguro de confirmarla. Pregunta “¿Qué sabe usted de mí?”. Morigera el interrogante indicando si conoce sus antecedentes psicológicos (si “habló con el Dr. Crawford”) pero la pregunta es más fuerte: “¿Cómo puedo saber que usted puede ayudarme?”.

Segunda estocada: Berger decide jugar más a fondo, simula no tener en mente los detalles de la muerte del hermano de Conrad, busca en el expediente y pregunta de modo frío si fue en un accidente de bote. Conrad es la imagen de la desolación, o de la insignificancia. Berger le pide que hable de esa experiencia, pero con desinterés. Le muestra que no es el tema importante. Conrad comienza de nuevo a impacientarse, y lo notamos en su cuerpo. Pero es un instante, nuevamente el terapeuta pasa a la ofensiva: “¿Qué quieres cambiar?”. Las pérdidas, las muertes, las depresiones y la desesperación son parte de la vida: lo que le ha sucedido a Conrad es algo que muchas otras personas han atravesado, no hay nada de especial en eso, más allá de lo que otros hayan querido señalarle. Ese es el mensaje de Berger, todo eso no se puede cambiar. ¿Pero qué quiere cambiar –realmente– Conrad?

Conrad no está aún en condiciones de asumir todo esto. Repite su letanía (o excusa) del “autocontrol”, y nuevamente Berger le inquiere “¿Por qué?” Y aquí otro momento magistral: Berger, luego de un breve silencio, le dice “Voy a serte sincero”, lo que –en el nivel relacional– implica aquí “entiendo (por ahora) que no confirmes mi propuesta de relación”. “No soy bueno en autocontrol, pero es tu dinero”. “Algo así” (“So to speak”) dice Conrad, y Berger sonríe y repite la frase. Por supuesto, no es el dinero de Conrad, sino de su padre, y él no ha llegado allí por propia voluntad. Berger lo sabe, y se lo hace saber.

Tercera estocada. Se necesitan dos sesiones semanales, porque “el autocontrol es algo difícil”. En realidad se trata de que aquello que debe ser trabajado, aquello que Conrad no ha sido capaz de verbalizar, no es de simple resolución. Berger se hace el difícil, necesita que Conrad asuma como propia la decisión de empezar el camino de la terapia. Que deba faltar a sus clases de natación es un problema, “¿qué podemos hacer?”. O mejor (la comunicación analógica de Berger es muy clara) ¿qué vas a hacer vos? A la respuesta de Conrad respecto a que faltará a natación, el terapeuta le remarca “Es tu decisión” (no solamente faltar a natación, sino que el proceso debe ser recorrido por el adolescente). La relación ha cambiado; Conrad aún no confirma la propuesta de Berger, pero al menos ha decidido darle una oportunidad. Su dignidad lo lleva a un rechazo fingido (“No me gusta estar aquí”); Berger simplemente lo mira en silencio.

 

Pasemos ahora a la segunda escena seleccionada, un intercambio entre Conrad y Beth, su madre. Como antes, les pido que vean un par de veces, detenidamente, la escena, antes de pasar al comentario posterior.

Beth mira detenidamente a Conrad a través de la ventana ¿qué nos indica su semblante? Obviamente, la comunicación no verbal no es de interpretación simple, por los problemas de traducción entre los sistemas analógico y digital. Podemos ver, con todo, que Beth muestra un semblante preocupado, que salir a hablar con su hijo no es algo sencillo, sino que es fruto de un acto de voluntad, en el intento tal vez de recomponer el vínculo (la música ambiental es engañadora, prometiendo una armonía que no se dará).

Pese a que podamos suponer que Beth desea recomponer/mejorar el vínculo con Conrad, la primer frase que pronuncia, que a Conrad lo sorprende y lo saca de su introspección, muestra de qué modo ella entiende esta posibilidad: “Hace frío aquí afuera”. El enunciado “Hace frío” es un ejemplo canónico a la hora de explicar la polisemia. En este caso sugiere un tipo de relación específica, que parte del supuesto (común a las madres) de que ella sabe mejor que su hijo lo que a éste le conviene, reforzada con la sugerencia de abrigarse. Una posición complementaria por parte de Conrad obligaría a una respuesta que podría variar entre colocarse el abrigo, responder que no tiene frío o cambiar de tema. Pero Conrad le contesta metacomunicando, explicitando la posición relacional de ella y al mismo tiempo rechazándola (“¿Crees que me hará falta?”). El rostro de Beth muestra que advierte esto, y que también anticipa lo que vendrá.

Aquí podríamos introducir el axioma de la puntuación de la secuencia de hechos, ya que ambos polemizan respecto a dónde es correcto puntuar la relación (más allá de que, obviamente, no desconozcan los hechos anteriores). Para Beth es necesario dejar atrás el pasado como requisito para recomponer la relación; su observación respecto al crecimiento del cabello de Conrad (y su afirmación “Estás mejor”) no es una apreciación de estética capilar. Recordemos que Conrad ha estado internado en una institución psiquiátrica, donde con toda probabilidad le rasuraron el pelo. El enunciado de Beth es una metonimia al respecto: así como crece tu pelo, dejamos atrás este episodio; estás mejor porque ya no necesitás atención psiquiátrica. Y, nuevamente, “yo soy quien puede definir cómo estás”.

Pero Conrad no quiere dejar pasar el pasado, y planifica una elaborada emboscada para decir lo que tiene para decir. En su relato, la paloma es un recuerdo casi bucólico, pero Beth (que tal vez ya intuye hacia dónde va la cosa) reenmarca el episodio y el ave se transforma en un monstruo ruidoso. Y acá viene la estocada de Conrad: “Es lo más parecido a una mascota que hemos tenido”, y el rostro de Beth muestra que ya ha descubierto el destino de esta supuesta rememoración. Recordarle a su madre que siempre se había negado a regalarle un perro a Buck, el hermano muerto y el preferido de Beth, es señalar una grieta en la imagen materna de ésta. En última instancia, en un nivel relacional, el mensaje de Conrad se limita a decirle a Beth “Fuiste una mala madre”. Y aquí arranca una secuencia simétrica, en la cual incluso se rompe el principio de cooperación y ambos se superponen en lo que dicen. La onomatopeya del ladrido de Conrad y su mirada desafiante coronan el intercambio: ya no hay contenido, son pura relación. Pero Beth no está en condiciones de recapacitar, y cierra la escena con una orden (“Ponte eso si vas a quedarte aquí”) y reafirmando que, pese a lo que Conrad plantee, no está dispuesta a ceder su posición de poder.

Podríamos decir que Ordinary people es una película interaccional, casi cada escena puede ser sujeta a análisis como este. Tal vez, simplemente, porque trata de la vida, de las relaciones entre las personas, de los vínculos. Y la herramientas que nos propusieron hacer ya varias décadas Bateson, Watzlawick y sus colegas de Palo Alto mantienen su enorme productividad para analizarlas.

Penetración cultural


Este artículo es una continuación de la clase de oposición para la materia Teorías y sistemas de la comunicación (UNPSJB), cuyas partes anteriores son La comunicación como mercancía (primera parte) y La comunicación como mercancía (segunda parte).

Como se dijo, uno de los temas para un análisis económico de los medios de comunicación refiere a la propiedad de los mismos, y también el “sometimiento de las ideas” de los demás sectores de la sociedad”, si recordamos la frase de La ideología alemana. En el Tercer Mundo en general, en América Latina en particular, el análisis de la propiedad de los medios (y del resto de los sectores estratégicos de la economía) arroja como dato, además de las tendencias a la concentración y conglomeración, la de transnacionalización, es decir la propiedad de las empresas locales de un país por parte de multinacionales, mayormente de origen norteamericano.

Este dato estuvo presente en la investigación crítica sobre medios de comunicación en el momento de constitución del campo en nuestro continente, aunque no siempre analizado de manera pormenorizada. En los trabajos de Armand Mattelart en Chile, por ejemplo, la crítica ideológica de los productos de los medios masivos se enmarca habitualmente en la realidad de la penetración del capital extranjero en los sectores mediáticos (Mattelart, 1973; Mattelart, Piccini, & Mattelart, 1976). En Argentina es especialmente importante el trabajo de Heriberto Muraro, en los análisis que publica en la revista Crisis, donde estudia la propiedad de los medios en varios países del continente, y su dependencia del capital extranjero, y en su libro de Neocapitalismo y comunicación de masas (1974), donde hace lo propio con la industria electrónica, la televisión y la publicidad, en nuestro país. Para él

La industria cultural es, ante todo, una industria, y como tal no puede mantenerse apartada de las leyes del mercado. La unanimidad de los medios en contra de la liberación nacional se apoya en el hecho elemental de que éstos son, en general, propiedad de quienes más interés tienen en evitarla (Muraro, 2008, p. 282).

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La comunicación como mercancía (segunda parte)


[La comunicación como mercancía (primera parte)]

Así que ahora nos concentramos en esta segunda posibilidad. La prensa de masas aparece -desde el punto de vista económico- en función de que existe capital excedente disponible y que la tasa de beneficio en los diarios es al menos similar al de otros sectores de la economía (algo que se posibilita con la concentración urbana, la inexistencia de impuestos específicos -en comparación con Europa-, la innovación en las formas de distribución, y para ello la modificación de los contenidos, etc.).

¿Qué podemos analizar de la comunicación, desde el punto de vista de la economía política? Una cuestión importante aquí es la de la propiedad de las empresas mediáticas, y más aún de las dinámicas sectoriales. Posiblemente este tema sea el que más se ha recorrido en la investigación empírica. Ya hace muchos años Murdock y Golding (1986) señalaron que la tendencia de las industrias mediáticas era hacia la concentración y la conglomeración. La concentración alude a la incidencia que tienen las mayores empresas de un sector en relación a la producción total de ese sector, y el caso límite es el de un monopolio. La conglomeración refiere a la adquisición por parte de una empresa de otras de sectores relacionados, o no. En el caso de sectores relacionados se puede hablar de integración vertical, cuando una firma se asegura la propiedad de empresas de otros eslabones de la misma cadena productiva (por ejemplo, hacia adelante: cuando un estudio cinematográfico adquiere cadenas de exhibición, o hacia atrás, cuando un diario adquiere plantas productoras de papel). Seguir leyendo

La comunicación como mercancía (primera parte)


A confesión de partes… tengo abandonado en demasía este blog. Siendo su proyecto original el de una bitácora académica, donde vayan recopilándose huellas de mi trabajo respectivo, creo que una parte de su contenido debe ser la recopilación de textos e intervenciones que, en caso contrario, quedan bastante dispersas. En fin, hace un par de semanas concursé una materia que dicto hace unos cuantos años en la UNPSJB, una de esas clásicas “Teorías de la comunicación”. Ya reflexioné en un post anterior acerca de cómo esas circunstancias externas (léase concurso) obligan a la objetivación de procesos y a la explicitación de reflexiones. Eso, sumado a un par de comentarios en algún aporte mío a uno de los blogs de cátedra en los que incursionamos con Laura Contreras, me llevó a pensar en que los apuntes de clases terminan siendo una parte importante de mi producción, y que no estaría de más consignarlos aquí. Empiezo por el que tuve que preparar para la mentada oposición, para la cual el azar indicó que el tema fuera “Relaciones económicas y penetración cultural”. Luego iré publicando otras clases de mi cosecha.

Pensar el tema de la manera en que la comunicación y la cultura implica relaciones económicas nos lleva a considerar a los productos culturales como mercancías (o servicios) por las cuales puede adquirirse algún tipo de pago o remuneración. Pero esto es muy amplio y -al menos en cualquier economía donde el dinero es utilizado como sistema de intercambio- resulta consustancial a la misma producción cultural.

Miguel Ángel

Las relaciones entre Miguel Ángel y su mecenas, el Papa Julio II, son un ejemplo de la manera en que relaciones materiales y producción cultural son desde siempre indisociables.

Pensemos en una relación como la del mecenazgo: toda la obra de Miguel Ángel dependió de “financistas” como el Papa Julio II o los Médici. Es decir, para cualquier época podemos establecer que los artistas y productores culturales se encontraban inmersos en relaciones económicas, que sin ninguna duda tenían repercusiones en su obra (siguiendo con el ejemplo de Miguel Ángel, que se enoja porque el Papa -después de encargárselo- no le da bolilla con un mausoleo, se va de Roma y tiene que volver a la fuerza después de que lo amenazan con la excomunión, cosa nada trivial en esa época).

Raymond Williams (1982) hace una tipología de instituciones que enmarcan a los productores culturales a lo largo de la historia (o -en algunos casos- de manera contemporánea): artista institucionalizado (como el bardo), artista retenido (mecenazgo), protección (como el teatro isabelino), patrocinio (como las ventas por suscripción), patrocinio comercial o gubernamental, artesanos, profesionales de mercado y asalariados (Williams lo llama “profesionales de la sociedad por acciones”). Todas instituciones que se definen por la forma de sostenibilidad de la producción y los vínculos de manutención del productor.

Ahora bien, si las relaciones económicas son una constante, es cuando en el siglo XIX -como vimos- aparece como medio de comunicación la prensa de masas, y cuando ésta se define, no por alguna innovación técnica crucial, sino por un cambio en la consideración del mensaje, que pasa de vehículo de persuasión a mercancía a colocarse en un mercado, cuando estas relaciones económicas se vuelven claramente, relaciones de tipo capitalista (innovación en la que son pioneros -en la década de 1830- el New York Sun de Day y el Herald de Gordon Benett, y que después de la Guerra Civil llevarán al paroxismo Hearst y Pulitzer). Como analizamos en su momento, que la información sea una mercancía, sometida a los vaivenes de la oferta y la demanda en un mercado y a las exigencias de la maximización de la ganancia (que es lo que hace, además, que se trate de una mercancía capitalista), es algo que no puede dejarse de lado nunca, ya que está en la base de las formas de organización que adquieren los medios, los formatos periodísticos, los valores noticia, las innovaciones técnicas, la estructuración de las audiencias, etc. Seguir leyendo

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