Archive for the ‘Peleando el sentido’ Category

La ingenuidad del otro


Compartir: facebook

Peter Singer, mirando para otro lado

Peter Singer, mirando para otro lado

La Revista Ñ publicó en su última edición una entrevista al filósofo Peter Singer, quien a juicio de la revista Time parece que es una de las cien personas más influyentes del planeta. Singer defiende los derechos de los animales, desde una filosofía utilitarista inspirada en iniciadores de esta corriente anglosajona.

Todo suena bastante bien y políticamente correcto, ya que se trata, dice Singer, “simplemente de permitir la libertad de pensamiento y expresión más amplia posible”. Ahora bien, en un tramo de la entrevista Singer se despacha en contra de los postestructuralistas que son, a su juicio, bastante ingenuos y “su rechazo de la verdad objetiva me recuerda al tipo de argumentos que esgrimen algunos estudiantes universitarios de primero o segundo año”. No creo que filósofos como Derrida o Deleuze necesiten que yo los defienda, pero la verdad es que el descaro de Singer es bastante molesto, y de hecho, inconsecuente.

Veamos por ejemplo su posición de permitir cualquier tipo de idea, ya que “aún si una afirmación es absurda, como negar el Holocausto, deberíamos proveer la prueba que la refute y no encarcelar a quien la sostiene”. Uno puede apoyar algo así en una charla de café, pero a poco de reflexionar sobre el tema, se vuelve insostenible. Hay algún tipo de vínculo entre las ideas y las acciones y si bien no hay obstáculos a la expresión de cualquier interpretación sobre un hecho histórico (si existió, o no, o si fue de tal o cuál manera, y esto incluye el Holocausto), la cosa cambia de color cuando pasamos a ideas que defienden estilos de vida específicos. Toda cultura empíricamente existente proscribe algunas ideas. Por ejemplo la idea de que los niños no son totalmente humanos, o son simplemente débiles y por eso pueden ser sometidos sexualmente, es una idea considerada aberrante por nuestra sociedad, y su expresión es condenada (encarcelamos a quien la sostiene, diría Singer). Si me preguntan, diré que -efectivamente- ese tipo de ideas no son admisibles y deben ser perseguidas. Por supuesto, qué ideas en concreto son inadmisibles en una sociedad y un momento dados, es históricamente variable. Pero la posibilidad de que no exista ese límite es una ingenuidad (ni siquiera admisible en estudiantes de primero o segundo año), y debo decir de un tipo en el que no caería un poststructuralista.

Pero el colmo de la ingenuidad singeriniana viene dado con su propuesta de que la solución a la pobreza en el mundo es “más y mejor ayuda”. No es que sea directamente condenable incrementar la ayuda de las naciones ricas a las pobres, pero resulta obvio (al menos para un argentino) que la situación de las naciones pobres tiene al menos tres componentes: falta de ayuda (está bien), incompetencias propias, pero también políticas globales que dificultan el desarrollo de los países pobres. De haber una solución, no será que las actuales United Fruits donen un par de dólares más de sus ganancias para los pobres del Tercer Mundo. Sostener lo contrario (como hace petulantemente Singer), si no es ingenuidad, cae directamente en el cinismo.

El mejor candidato


Compartir: facebook

Al desarrollar su tesis acerca de que en el meollo de la experiencia actual se encuentra la crisis de la división de la experiencia humana en Trabajo, Acción política e Intelecto (y la colonización por parte del capitalismo postfordista de las habilidades genéricas de la especie humana y la puesta al servicio de las mismas), Paolo Virno cita una novela de Luciano Bianciardi:

¿Cómo se mide la pericia de un cura, de un publicitario, de un especialista en relaciones públicas (RR.PP.)? ¿Cómo se hace para calcular la cantidad de fe, de deseo de posesión, de simpatía que ellos serían capaces de generar? No, no tenemos otro patrón de medida que la capacidad de cada uno de permanecer a flote, de subir un poco más, es decir, de convertirse en obispo. […] La política, como todos saben, desde hace tiempo ha dejado de ser la ciencia del buen gobierno y se ha convertido en el arte de la conquista y la conservación del poder. Así es que la bondad de un hombre político no se mide en relación con el bien que hace a los demás, sino sobre la base de la rapidez con que llega a la cima y el tiempo que se mantiene.

El algún lado Zizek (en tono goffmaniano, si se quiere) afirma que las apariencias lo son todo, que la lucha ideológica propiamente dicha se centra en volver inarticulables ciertas palabras, ciertos sentidos. En la medida en que se puede formular cierta idea, aún cuando esa idea encuentre oposición, la batalla ya está ganada (o perdida). 

En esta semana que termina se ha podido formular la idea de que Néstor Kirchner sea candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires el año que viene. La brutalidad de los argumentos que se dan para sostener esta idea es notable. Florencio Randazzo, por ejemplo, a la sazón ministro del Interior, explicó que “el mejor candidato [es] el que garantice el mejor resultado y quien mejor encarne el proyecto nacional que se está llevando adelante”, virtudes que tendrían en grado sumo Néstor, que parece que es el único que en la provincia más poblada del país “garantizaría” al menos un 30% (Clarín, 11/10/2008).

Por si algún anticuado recuerda que la idea básica de la política representativa es que el representante pertenezca al grupo representado (y esto en un sistema delimitado territorialmente supone que sea residente del distrito que aspira representar), Hugo Moyano, secretario general de la CGT, recordó que Kirchner “hace seis años” que vive en la residencia de Olivos, y eso -según él- le daría “todo el derecho” de postularse (La Capital, 12/10/2008), argumento que -llegado el caso- también habilitaría a que se presente como candidato el embajador de otro país en Buenos Aires.

La verdad, un verdadero despropósito. Pero el hecho de que la idea sea formulada de una manera tan clara, no sea discutida ni siquiera por la oposición, sea además la reiteración y profundización de otras apuestas ya consumadas (Cristina Kirchner senadora de Buenos Aires, Scioli gobernador), llevan a convertirla en patrimonio del sentido común vigente.

El carácter instrumental y de cúpula que tiene este tipo de movidas (que además tienen muchas posibilidades de volverse exitosas) podría ser tomado como síntoma del estado de salud de la democracia argentina. En fin, las conclusiones a las que puede llegar Virno después de un análisis sutil, complejo y matizado se vuleven expresión cruda, obsena, en las pampas argentas.

Las metáforas de Cristina


Compartir: facebook

Los enfoques cognitivistas han resaltado el papel de las metáforas para el conocimiento de nuestro http://www.facebook.com/sharer.php?u=http%3A//gatoyfelpudo.wordpress.com/2008/06/20/las-metaforas-de-cristina/&t=Las%20met%E1foras%20de%20Cristina%20%AB%20El%20gato%20y%20el%20felpudomundo. En el clásico Metáforas de la vida cotidiana, George Lakoff y Mark Johnson han analizado el rol de las metáforas no como recurso estilístico-literario, sino como herramienta para la comprensión, asimilando cuestiones y procesos más alejados de nuestra experiencia directa a otros más cercanos.

Cristina por SábatUna metáfora es siempre una elección categorial entre varias posibilidades; pone en foco determinados aspectos del objeto en cuestión, mientras desfocaliza otros y oculta algunos más. El ejemplo prácticamente canónico es Una discusión es una guerra: entendemos las discusiones como conflictos bélicos (ganamos y perdemos discusiones, atacamos posiciones, defendemos ideas, etc.) y esto implica que algunos aspectos de las discusiones se focalizan (los relacionados con el conflicto) mientras otros, también inherentes a la actividad de “discutir” quedan obliterados, como es el caso de la necesaria cooperación o acuerdo en intercambiar argumentos y no golpes (aunque una discusión, por supuesto, puede derivar en una pelea).

De lo que se trata es de que toda realidad es una realidad lingüística, y nuestras palabras implican decisiones categoriales (casi nunca concientes) que hacen que comprendamos las cosas de una manera y no de otra, y que muchas veces actuemos de acuerdo a esa comprensión de las cosas. La verdad no es absoluta, sino relativa a un sistema conceptual, en el que las metáforas tienen un rol central. Sin embargo, dicen Lakoff y Johnson:

En una cultura donde el mito del objetivismo está vivo y la verdad es siempre verdad absoluta, la gente que consigue imponer sus metáforas sobre la cultura consigue definir lo que es verdad -absolutamente y objetivamente verdadero-.

Quedará para otro momento discutir si el mito del objetivismo está tan vivo o la posmodernidad (o la razón cínica) han hecho mella en él. Por ahora nos bastará con acordar en que las metáforas con que conceptualizamos las cosas: a) inciden decisivamente en nuestra comprensión del mundo; y b) son una posibilidad entre otras, y nunca la única verdad posible.

Analizando los discursos pronunciados por Cristina Kirchner el martes en la Casa Rosada y ayer en Plaza de Mayo (pero especialmente este último), desde el punto de vista de la determinación de las metáforas centrales que operan en su estrategia discursiva, hay varios puntos de interés.

1. La política es una batalla (o una guerra)

El lenguaje que utiliza la presidenta para referirse a la actividad política es casi excluyentemente un lenguaje bélico. En su actuación legislativa, “me conocieron como senadora, defendiendo la soberanía nacional de nuestros Hielos Continentales” y, más en general, “me han visto en muchas batallas”. El conflicto con los productores agropecuarios (tampoco aquí la selección léxica es ingenua: ¿el “campo”? ¿la “oligarquía terrateniente”? ¿las entidades ruralistas?) también es definido como una “batalla”: “la batalla por la redistribución del ingreso”.

Claro que la política no es sólo lucha, aunque también lo es. Para que una metáfora sea operante debe cubrir (aunque siempre parcialmente) algo del objeto metaforizado. Pero otros aspectos quedarán opacados, y en este caso lo que queda “fuera de la metáfora” son los aspectos que hacen al diálogo o incluso a la búsqueda del bien común. Si la metáfora operante fuera, por ejemplo “La política es un arte” (que también es bastante común) otros ítems de sus antecedentes serían los rescatados por la presidenta.

2. La democracia es el gobierno de los representantes electos

Este punto no parece a priori una metáfora, pero se trata de una sinécdoque: el gobierno de los gobernantes electos es parte del concepto habitual de democracia (gobierno del pueblo), pero en el discurso de la presidenta esa parte es el todo. El conflicto es grave porque “se estaba socavando, se estaba interfiriendo en la misma construcción democrática, esa que nos dice que son los representantes del pueblo, elegidos en elecciones libres, democráticas y sin proscripciones, los que deciden, deliberan y ejecutan.”

Esta concepción no supone la ausencia de conflictos (¿cómo podría si no la política ser una batalla?): “Tenemos que aprender que muchas veces puede haber diálogo, discusión y debate, y ojalá que haya acuerdo, pero también sabemos que dialogar puede ser no estar de acuerdo en algún punto. Tenemos que aprender de una buena vez por todas a procesar democráticamente nuestras diferencias”, dice la presidenta. ¿Pero qué se entiende por este “procesamiento democrático de las diferencias”? No cualquier método, sino uno bastante preciso: “la clave está en presentar las ideas de cada uno, los modelos de país de cada uno ante la ciudadanía, y cuando ésta elige y vota, si ese voto no nos ha sido favorable, a mejorar la propuesta y esperar el próximo turno electoral, esa es la clave.”

Las únicas referencias a la democracia se articulan en torno al momento del voto y a la legitimidad consiguiente de los gobernantes para implementar sus políticas. Es por lo menos curioso que la legitimidad emanada en las urnas sea tan crucial para una articulación discursiva populista, pero decir algo al respecto requiere una indagación más seria. Lo cierto es que la democracia se limita -en el discurso de la presidenta- al modelo delegativo señalado por O’Donnel hace años como característico de los países latinoamericanos. Los momentos deliberativos, la inclusión de las diferencias identitarias o incluso la interpelación directa al pueblo no son parte de la concepción democrática del kirchnerismo.

3. Los representantes son el pueblo

Esta sinécdoque no se desarrolla mucho en los discursos analizados (aunque la presidenta introduce una crítica a la dirigencia del campo afirmando que no se trata de insultos ni agravios porque “el pueblo no insulta ni agravia”) pero es crucial como puente para la introducción de un tema clásico del peronismo. Si la democracia implica un cheque en blanco para el gobernante (a condición de que sea legítima su elección) y si por ello el gobierno es equivalente al pueblo, ¿qué decir de los opositores? Bueno, es simple:

4. Los opositores no son argentinos (o están alienados)

La asimilación de peronismo y argentinidad en el discurso peronista clásico ha sido bien estudiada por Verón y Sigal en Perón o muerte, y pareciera que goza de buena salud en el discurso kirchnerista. El sistema de retenciones que dio origen -al menos formal- al conflicto (y al que se alude como “la decisión de redistribuir el ingreso”) no se hizo “para perjudicar a nadie, al contrario, no fueron contra nadie, fueron para que todos los argentinos pudiéramos vivir un poco mejor”. Por “nadie” se entiende en este contexto “ningún argentino”. El acto que enmarca el discurso no es un acto sectorial, partidario o de apoyo a un gobierno, sino un “acto por la democracia” realizado en la Plaza de Mayo, que “empezó siendo de los peronistas, pero que después de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo es de todos los argentinos”.

Sin embargo, la oposición al gobierno incluyó también a sectores medios urbanos, que no cuajan de una manera muy clara en la caracterización de oligarquía antinacional. Para ellos se destina una argumentación especial: la clase media es argentina, pero está alienada: “esa clase media que muchas veces a partir de prejuicios culturales termina actuando contra sus propios intereses”, dirá la presidenta.

¿Tiene razón el Gobierno en este conflicto? ¿O tienen razón los ruralistas? Para responder a estas preguntas debería existir un marco conceptual común, y eso es justamente lo que falta. Aquí he tratado de llevar a la superficie algunos supuestos del discurso del Gobierno, entendiendo que -dado que al hacer una aserción siempre hacemos una elección de categorías- “cada aserción verdadera necesariamente deja fuera lo que se desfocaliza o se oculta en las categorías que se usan en ella” (Lakoff y Johnson)

Un poco de diversión


Compartir: facebook

Hablando de la megalomanía y el mesianismo que parecen caracterizar el ethos de los gobernantes kirchneristas, un amigo mío recordaba el sketch de Les Luthiers “Himnovaciones”. Es buenísmo y está todo disponible (en varias partes) en YouTube. Acá se los dejo, para que se diviertan.

Sigue leyendo

Dos frases, dos mujeres


Compartir: facebook

Frase I

La escuché anoche, en elprograma de Joaquín Morales Solá. Y antes, durante el discurso de la victoria, la noche del domingo. En ambas ocasiones, Cristina K. lanzó la que parece su nueva muletilla: “no es suficiente con un buen gobierno, necesitamos una buena sociedad”.

Una frase poco elegante, podríamos decir. Y no se trata sólo de las formas. O precisamente se trata de las formas (diferenciar nítidamente forma/contenido está en las antípodas de una concepción más o menos atinada del lenguaje). Lo que la frase supone es que ya tenemos un buen gobierno, que lo que falta está en otro lado, en la sociedad.

Pronunciada por quien forma parte del actual gobierno y acaba de ser electa con los valores de la continuidad del mismo, es una frase -cuanto menos- pedante. Cierto periodismo ha alabado la mesura de los primeros pronunciamientos de Cristina K. como presidenta electa (ver la nota de van der Kooy en Clarín), pero a mí me parece que aquí vale el dicho gauchesco: “al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen”.

Frase II

Nota de Clarín, en “Último momento”: Elisa Carrió dice que “No la felicité [a Cristina K.] porque sería una sobreactuación“, ya que “no compartimos los valores del oficialismo”.

Otra frase desacertada y soberbia. ¿Cuáles son los valores que se supone que el ARI “no comparte” con el oficialismo, en el contexto del análisis de una elección? ¿El respeto al pronunciamiento de los ciudadanos, expresado en las urnas? ¿O qué?

Cuando éramos pibes la respuesta típica a un exabrupto como el de Lilita era “¡ eso es calentura !”. Triste forma de entender el respeto a las instituciones por parte de quienes hablan de la institucionalidad.

A %d blogueros les gusta esto: