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Ciencias sociales y humanidades: equívocos e incomodidades


Mientras escribo estas líneas aún se encuentra en desarrollo la toma de las oficinas del Ministerio de Ciencia y Tecnología de la Nación, por parte de numerosos científicos y becarios del CONICET. En mi caso me he pronunciado a favor de esta lucha, porque creo desacertada la decisión de reducir el presupuesto para el desarrollo científico y tecnológico en el país. Al mismo tiempo, también creo que un gobierno tiene legitimidad para llevar adelante sus políticas, y que éstas serán juzgadas en las urnas, como corresponde, por una ciudadanía que mantiene siempre su capacidad de control retrospectivo.

En el calor de esta discusión han emergido una serie de ataques generales a la ciencia y a los científicos argentinos, pero más específicos a las investigaciones que se realizan en las ciencias sociales y en las humanidades. Tanto las desacertadas declaraciones del Jefe de Gabinete (quien dijera que “el pensamiento crítico le puede hacer daño a la Argentina”) hasta la multitud de agresiones que han circulado por las redes sociales, son síntoma de prejuicios, errores conceptuales y lisa ignorancia. Y es a este conglomerado de equívocos al que me quisiera referir en estas líneas.

La vocación de policía política de quienes se han ocupado (casi siempre desde el anonimato) de la tarea de atacar a los investigadores de las ciencias sociales y las humanidades los ha llevado a bucear en las bases de datos de títulos de investigaciones y artículos científicos publicados, ridiculizando y menoscabando los hallazgos científicos que refieren a la cultura popular, a las sexualidades, las religiones o el peronismo. Supuestamente, esta cosecha de ejemplos parecería demostrar dos cosas: que la mayoría de las investigaciones en estas disciplinas son irrelevantes y que los investigadores han llegado a sus puestos por acomodo o afinidad política.

Como docente e investigador universitario del campo de los estudios de comunicación es inevitable notar la falacia de estos supuestos argumentos. Expliquémoslo, entonces, brevemente.

El primer error es asumir que la importancia de un objeto de estudio se desprende de su legitimidad social o cultural. Esto es claramente falaz, pero expliquemos por qué con un ejemplo: nadie ha parecido sorprenderse de la importancia política y social de conductores televisivos como Marcelo Tinelli o Mirtha Legrand, que mantuvieron sendas entrevistas personales con el mismísimo presidente de la República. A lo más, alguno ha mostrado su molestia con que las cosas sean así. O sea: todos reconocemos la importancia e influencia de Tinelli, pero las investigaciones científicas que se realizan sobre su figura, sobre los reality shows o sobre las audiencias de Showmatch, ellas sí que serían objetables por irrelevantes. Pero el hecho de que estemos inmersos en la cultura popular no es una prueba de su falta de importancia, sino de todo lo contrario: la convierte en un objeto política y académicamente crucial para el abordaje científico.

No es tarea de las ciencias sociales establecer el mejor modo de vivir. Ése es el papel de la acción política, así como el de establecer los valores prioritarios, objetivos y programas para alcanzarlos. Pero una vez que un proyecto político establece esas metas, es imposible que las alcance si no parte de un conocimiento, lo más completo posible, de la complejidad de los fenómenos involucrados. Es legítimo que un sector político, por ejemplo, muestre preocupación por el clientelismo político y busque limitarlo o incluso desterrarlo. Pero es imposible que pueda hacer algo al respecto si no parte de entender ese fenómeno a partir de las investigaciones sobre el mismo que ha realizado, por ejemplo, Javier Auyero. La violencia en el fútbol es una preocupación (y está muy bien que así sea), pero su erradicación está condenada al fracaso sin entender las lógicas culturales que la atraviesan, para lo que nos ayudan los trabajos de investigadores como Pablo Alabarces. Para pensar una política cultural que tienda a mejorar la cultura (sea lo que fuere que un proyecto político entienda por esto) es imprescindible partir de lo que conocemos de la cultura popular actual, de las motivaciones de las audiencias, del placer y reconocimiento que allí juegan un papel, todas cuestiones para las que ayudan los trabajos de Mirta Varela o Alejandro Grimson (y menciono sólo como ejemplos a algunos entre los muchos investigadores argentinos serios y comprometidos con su tiempo).

Y sucede lo mismo con la violencia de género, el embarazo adolescente, los usos de las tecnologías y un número imposible de determinar de otras problemáticas. Es raro, por decir algo, que los ejemplos para demostrar la supuesta intrascendencia de las ciencias sociales sean aquellos casos de investigaciones sobre prácticas sociales comunes (y cuya importancia debería ser obvia, ya que surge del hecho mismo de su habitualidad), y no sobre usos de élite o menos frecuentes. Quiero decir: es raro que los trolls de Twitter se centren en los estudios sobre las hinchadas de fútbol, y no en los análisis sobre la obra de Borges (siempre más mencionado que leído).

El segundo error es suponer que los investigadores llegan a sus puestos por acomodo, o que los objetos que analizan dependen directamente de sus posicionamientos políticos. Por supuesto que lo segundo es cierto en un sentido amplio: un investigador define sus objetos a partir de lo que cree –con algún criterio– que es de cierto modo importante. Y ello implica una decisión de tipo político (aunque no partidario). Pero aquí me refiero a otra cosa, al simplismo de pensar que si un académico investiga algún aspecto del peronismo es porque es peronista. Y que como existe un número importante de investigadores que toman aspectos de ese fenómeno como objeto de estudio, ello sería una demostración palpable de que sus méritos se limitarían a una supuesta afinidad política con el partido que ocupó el gobierno hasta diciembre de 2015.

Digamos dos cosas sobre lo anterior. La primera es que resulta imposible sobrevalorar la importancia política y cultural del peronismo en la historia argentina reciente, y en la actualidad de nuestro país. Y esto es algo en lo que deben coincidir tanto quienes adhieren a esa identidad política como quienes se oponen a la misma, e incluso aquellos que la consideren perjudicial. Es un objeto de estudio importante porque es un fenómeno importante. Y no hay ninguna necesidad de afinidad ideológica para constatar esto.

Lo segundo que quisiera decir es que existen pocos sistemas en la sociedad (si es que existe alguno) que garanticen la independencia y la imparcialidad de sus actores al nivel en que lo hace el sistema científico y tecnológico. Explico esta afirmación con un sólo ejemplo: para publicar un artículo científico (una actividad relativamente habitual), el mismo se envía al menos a dos evaluadores que son especialistas en el área de conocimiento y que desconocen la identidad del autor (por eso se llama “referato ciego”), que analizan los conocimientos, metodología de trabajo y resultados de la investigación, y que deben aprobarlo para que sea publicado. Invito al lector a que piense en qué otra área de la vida social existe un dispositivo tan riguroso de control.

Las ciencias sociales y las humanidades están acostumbradas a los equívocos y a las críticas sin fundamento. Debe ser, supongo, porque se refieren a nosotros mismos, a nuestras sociedades y a nuestros hábitos y pautas culturales. Y mirarse al espejo conlleva siempre una cierta incomodidad.

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