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Las metáforas de Cristina


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Los enfoques cognitivistas han resaltado el papel de las metáforas para el conocimiento de nuestro http://www.facebook.com/sharer.php?u=http%3A//gatoyfelpudo.wordpress.com/2008/06/20/las-metaforas-de-cristina/&t=Las%20met%E1foras%20de%20Cristina%20%AB%20El%20gato%20y%20el%20felpudomundo. En el clásico Metáforas de la vida cotidiana, George Lakoff y Mark Johnson han analizado el rol de las metáforas no como recurso estilístico-literario, sino como herramienta para la comprensión, asimilando cuestiones y procesos más alejados de nuestra experiencia directa a otros más cercanos.

Cristina por SábatUna metáfora es siempre una elección categorial entre varias posibilidades; pone en foco determinados aspectos del objeto en cuestión, mientras desfocaliza otros y oculta algunos más. El ejemplo prácticamente canónico es Una discusión es una guerra: entendemos las discusiones como conflictos bélicos (ganamos y perdemos discusiones, atacamos posiciones, defendemos ideas, etc.) y esto implica que algunos aspectos de las discusiones se focalizan (los relacionados con el conflicto) mientras otros, también inherentes a la actividad de “discutir” quedan obliterados, como es el caso de la necesaria cooperación o acuerdo en intercambiar argumentos y no golpes (aunque una discusión, por supuesto, puede derivar en una pelea).

De lo que se trata es de que toda realidad es una realidad lingüística, y nuestras palabras implican decisiones categoriales (casi nunca concientes) que hacen que comprendamos las cosas de una manera y no de otra, y que muchas veces actuemos de acuerdo a esa comprensión de las cosas. La verdad no es absoluta, sino relativa a un sistema conceptual, en el que las metáforas tienen un rol central. Sin embargo, dicen Lakoff y Johnson:

En una cultura donde el mito del objetivismo está vivo y la verdad es siempre verdad absoluta, la gente que consigue imponer sus metáforas sobre la cultura consigue definir lo que es verdad -absolutamente y objetivamente verdadero-.

Quedará para otro momento discutir si el mito del objetivismo está tan vivo o la posmodernidad (o la razón cínica) han hecho mella en él. Por ahora nos bastará con acordar en que las metáforas con que conceptualizamos las cosas: a) inciden decisivamente en nuestra comprensión del mundo; y b) son una posibilidad entre otras, y nunca la única verdad posible.

Analizando los discursos pronunciados por Cristina Kirchner el martes en la Casa Rosada y ayer en Plaza de Mayo (pero especialmente este último), desde el punto de vista de la determinación de las metáforas centrales que operan en su estrategia discursiva, hay varios puntos de interés.

1. La política es una batalla (o una guerra)

El lenguaje que utiliza la presidenta para referirse a la actividad política es casi excluyentemente un lenguaje bélico. En su actuación legislativa, “me conocieron como senadora, defendiendo la soberanía nacional de nuestros Hielos Continentales” y, más en general, “me han visto en muchas batallas”. El conflicto con los productores agropecuarios (tampoco aquí la selección léxica es ingenua: ¿el “campo”? ¿la “oligarquía terrateniente”? ¿las entidades ruralistas?) también es definido como una “batalla”: “la batalla por la redistribución del ingreso”.

Claro que la política no es sólo lucha, aunque también lo es. Para que una metáfora sea operante debe cubrir (aunque siempre parcialmente) algo del objeto metaforizado. Pero otros aspectos quedarán opacados, y en este caso lo que queda “fuera de la metáfora” son los aspectos que hacen al diálogo o incluso a la búsqueda del bien común. Si la metáfora operante fuera, por ejemplo “La política es un arte” (que también es bastante común) otros ítems de sus antecedentes serían los rescatados por la presidenta.

2. La democracia es el gobierno de los representantes electos

Este punto no parece a priori una metáfora, pero se trata de una sinécdoque: el gobierno de los gobernantes electos es parte del concepto habitual de democracia (gobierno del pueblo), pero en el discurso de la presidenta esa parte es el todo. El conflicto es grave porque “se estaba socavando, se estaba interfiriendo en la misma construcción democrática, esa que nos dice que son los representantes del pueblo, elegidos en elecciones libres, democráticas y sin proscripciones, los que deciden, deliberan y ejecutan.”

Esta concepción no supone la ausencia de conflictos (¿cómo podría si no la política ser una batalla?): “Tenemos que aprender que muchas veces puede haber diálogo, discusión y debate, y ojalá que haya acuerdo, pero también sabemos que dialogar puede ser no estar de acuerdo en algún punto. Tenemos que aprender de una buena vez por todas a procesar democráticamente nuestras diferencias”, dice la presidenta. ¿Pero qué se entiende por este “procesamiento democrático de las diferencias”? No cualquier método, sino uno bastante preciso: “la clave está en presentar las ideas de cada uno, los modelos de país de cada uno ante la ciudadanía, y cuando ésta elige y vota, si ese voto no nos ha sido favorable, a mejorar la propuesta y esperar el próximo turno electoral, esa es la clave.”

Las únicas referencias a la democracia se articulan en torno al momento del voto y a la legitimidad consiguiente de los gobernantes para implementar sus políticas. Es por lo menos curioso que la legitimidad emanada en las urnas sea tan crucial para una articulación discursiva populista, pero decir algo al respecto requiere una indagación más seria. Lo cierto es que la democracia se limita -en el discurso de la presidenta- al modelo delegativo señalado por O’Donnel hace años como característico de los países latinoamericanos. Los momentos deliberativos, la inclusión de las diferencias identitarias o incluso la interpelación directa al pueblo no son parte de la concepción democrática del kirchnerismo.

3. Los representantes son el pueblo

Esta sinécdoque no se desarrolla mucho en los discursos analizados (aunque la presidenta introduce una crítica a la dirigencia del campo afirmando que no se trata de insultos ni agravios porque “el pueblo no insulta ni agravia”) pero es crucial como puente para la introducción de un tema clásico del peronismo. Si la democracia implica un cheque en blanco para el gobernante (a condición de que sea legítima su elección) y si por ello el gobierno es equivalente al pueblo, ¿qué decir de los opositores? Bueno, es simple:

4. Los opositores no son argentinos (o están alienados)

La asimilación de peronismo y argentinidad en el discurso peronista clásico ha sido bien estudiada por Verón y Sigal en Perón o muerte, y pareciera que goza de buena salud en el discurso kirchnerista. El sistema de retenciones que dio origen -al menos formal- al conflicto (y al que se alude como “la decisión de redistribuir el ingreso”) no se hizo “para perjudicar a nadie, al contrario, no fueron contra nadie, fueron para que todos los argentinos pudiéramos vivir un poco mejor”. Por “nadie” se entiende en este contexto “ningún argentino”. El acto que enmarca el discurso no es un acto sectorial, partidario o de apoyo a un gobierno, sino un “acto por la democracia” realizado en la Plaza de Mayo, que “empezó siendo de los peronistas, pero que después de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo es de todos los argentinos”.

Sin embargo, la oposición al gobierno incluyó también a sectores medios urbanos, que no cuajan de una manera muy clara en la caracterización de oligarquía antinacional. Para ellos se destina una argumentación especial: la clase media es argentina, pero está alienada: “esa clase media que muchas veces a partir de prejuicios culturales termina actuando contra sus propios intereses”, dirá la presidenta.

¿Tiene razón el Gobierno en este conflicto? ¿O tienen razón los ruralistas? Para responder a estas preguntas debería existir un marco conceptual común, y eso es justamente lo que falta. Aquí he tratado de llevar a la superficie algunos supuestos del discurso del Gobierno, entendiendo que -dado que al hacer una aserción siempre hacemos una elección de categorías- “cada aserción verdadera necesariamente deja fuera lo que se desfocaliza o se oculta en las categorías que se usan en ella” (Lakoff y Johnson)

El cristal con que se mira


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Es curioso cómo la cuestión de los obervatorios de medios, concretamente el que existe (sin funcionamiento real hasta el momento) en el ámbito del INADI se ha convertido en un tema de discusión en Argentina, discusión que se viene dando en el marco del conflicto político-económico entre el gobierno de Cristina Kirchner y el sector agropecuario.

La piedra de toque la dio la Facutad de Ciencias Sociales de la UBA emitiendo un documento en el que cuestiona la cobertura mediática del conflicto iniciado el 11 de marzo, caracterizándola de discriminatoria, y pidiendo la intervención del Observatorio del INADI. Ni lerda ni perezosa, CK invitó a la Facultad (y al resto de facultades de sociales) a integrar el Observatorio y aprovechó para lanzar una diatriba contra los medios, que, según dijo, “nos deben la calidad institucional y democrática que han reclamado desde siempre” (La Nación, 5/4/2008).

La dificultad reside en sostener una posición de defensa del derecho a la comunicación y a la pluralidad informativa, valores que por cierto no son asegurados por las agendas mediáticas (una mínima revisión de la bibliografía sobre el tema lo muestra acabadamente) sin caer en las garras de una política gubernamental que, ciertamente, tampoco tiene estos derechos como valores.

En los últimos años la idea de los observatorios de medios surgió como una instancia propicia para politizar el espacio mediático desde la sociedad civil. Si las empresas mediáticas han impuesto la idea de que la libertad de prensa es equivalente a la ausencia de control, ya sea en principio aludiendo a la transparencia del tratamiento informativo (para lo cual se habían desarrollado una serie de tecnologías que aseguraban lo que G. Tuchman llamó de manera perspicaz la “trama de la facticidad”), ya sea -cuando la opacidad se volvió evidente- hechando mano a una supuesta amplitud de perspectivas y líneas editoriales, algunas organizaciones de la sociedad civil fueron llegando a una conclusión diferente: lejos de ser meros “medios”, los medios son también actores. Los resultados de la investigación académica se volvieron certezas, especialmente para el movimiento de alterglobalización posterior a las protestas en contra de la OMC en Seattle y Génova.

Así planteado el panorama, los observatorios de medios debían servir para la vigilancia democrática y ciudadana de la actividad de los medios y de su cobertura, actividad que se supone protegida por los gobiernos. O sea que se trata de observar tanto a los medios como a los gobiernos.

En nuestro caso, el Consejo Directivo de Sociales de la UBA emitió una resolución en la que -entre otras cosas- afirma que “el público de los medios ha recibido muestras inadmisibles de trato discriminatorio de los actores sociales según su capacidad económica o su pertenencia de clase ante formas similares de reclamo de derechos” y reclama por ello la intervención del COMFER y del Inadi.

El aluvión de críticas que recibió por parte de las empresas de medios encontró forma institucional en una declaración de ADEPA en la que dice del Observatorio del Inadi que “se trata de un instrumento que, bajo el eufemístico objetivo de la diversidad, apunta a controlar la tarea informativa desde diversos organismos del Estado, algunos de ellos con poder punitivo como el COMFER” (La NAción, 12/4/2008) mientras que las autoridades de Sociales de la UBA se defendieron diciendo que “en nombre de la libertad de prensa de las empresas privadas, se cuestiona la libertad de opinión de una institución pública”.

Tratemos de pasar en limpio toda esta cuestión. Tiene razón la UBA en la validez de mecanismos de vigilancia de la actividad mediática, y en la parcialidad de las coberturas que se realizan. Ningún académico serio defendería a rajatabla algo como la imparcialidad de los medios. No tiene razón ADEPA cuando trata de defenderse, porque lo único que intenta hacer es evitar cualquier tipo de control cívico.

Pero el problema es el rol del Gobierno Nacional, y específicamente del kirchnerismo. Quienes vivimos en el sur tenemos una larga experiencia de connivencia de los poderes provinciales/nacional con los medios regionales, convertidos (por dependencia económica, o por conveniencia) en no mucho más que reproductores de gacetillas gubernamentales. Tiene razón la presidenta cuando dice que los medios no son los indicados para hablar de calidad institucional, pero la cuestión es que puesto en boca del gobierno es una crítica que -simplemente- no resulta creíble. El rol de patetismo al que ha quedado reducido Página/12 es una muestra de que el deseo de control mediático del kirchnerismo no es un vicio pueblerino (que deja paso a modales más civilizados con su traslado a la gran ciudad), sino que sólo encuentra como límite el principio de realidad.

Desde un punto de vista académico, los pronunciamientos de la UBA son inobjetables. Lo que hace ruido es su instrumentación política, y aquí -nuevamente- parece que las cosas se ven diferentes desde una visión central, o desde una perspectiva federal. Demasiado diferentes.

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