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La comunicación como mercancía (segunda parte)


[La comunicación como mercancía (primera parte)]

Así que ahora nos concentramos en esta segunda posibilidad. La prensa de masas aparece -desde el punto de vista económico- en función de que existe capital excedente disponible y que la tasa de beneficio en los diarios es al menos similar al de otros sectores de la economía (algo que se posibilita con la concentración urbana, la inexistencia de impuestos específicos -en comparación con Europa-, la innovación en las formas de distribución, y para ello la modificación de los contenidos, etc.).

¿Qué podemos analizar de la comunicación, desde el punto de vista de la economía política? Una cuestión importante aquí es la de la propiedad de las empresas mediáticas, y más aún de las dinámicas sectoriales. Posiblemente este tema sea el que más se ha recorrido en la investigación empírica. Ya hace muchos años Murdock y Golding (1986) señalaron que la tendencia de las industrias mediáticas era hacia la concentración y la conglomeración. La concentración alude a la incidencia que tienen las mayores empresas de un sector en relación a la producción total de ese sector, y el caso límite es el de un monopolio. La conglomeración refiere a la adquisición por parte de una empresa de otras de sectores relacionados, o no. En el caso de sectores relacionados se puede hablar de integración vertical, cuando una firma se asegura la propiedad de empresas de otros eslabones de la misma cadena productiva (por ejemplo, hacia adelante: cuando un estudio cinematográfico adquiere cadenas de exhibición, o hacia atrás, cuando un diario adquiere plantas productoras de papel). Sigue leyendo

La comunicación como mercancía (primera parte)


A confesión de partes… tengo abandonado en demasía este blog. Siendo su proyecto original el de una bitácora académica, donde vayan recopilándose huellas de mi trabajo respectivo, creo que una parte de su contenido debe ser la recopilación de textos e intervenciones que, en caso contrario, quedan bastante dispersas. En fin, hace un par de semanas concursé una materia que dicto hace unos cuantos años en la UNPSJB, una de esas clásicas “Teorías de la comunicación”. Ya reflexioné en un post anterior acerca de cómo esas circunstancias externas (léase concurso) obligan a la objetivación de procesos y a la explicitación de reflexiones. Eso, sumado a un par de comentarios en algún aporte mío a uno de los blogs de cátedra en los que incursionamos con Laura Contreras, me llevó a pensar en que los apuntes de clases terminan siendo una parte importante de mi producción, y que no estaría de más consignarlos aquí. Empiezo por el que tuve que preparar para la mentada oposición, para la cual el azar indicó que el tema fuera “Relaciones económicas y penetración cultural”. Luego iré publicando otras clases de mi cosecha.

Pensar el tema de la manera en que la comunicación y la cultura implica relaciones económicas nos lleva a considerar a los productos culturales como mercancías (o servicios) por las cuales puede adquirirse algún tipo de pago o remuneración. Pero esto es muy amplio y -al menos en cualquier economía donde el dinero es utilizado como sistema de intercambio- resulta consustancial a la misma producción cultural.

Miguel Ángel

Las relaciones entre Miguel Ángel y su mecenas, el Papa Julio II, son un ejemplo de la manera en que relaciones materiales y producción cultural son desde siempre indisociables.

Pensemos en una relación como la del mecenazgo: toda la obra de Miguel Ángel dependió de “financistas” como el Papa Julio II o los Médici. Es decir, para cualquier época podemos establecer que los artistas y productores culturales se encontraban inmersos en relaciones económicas, que sin ninguna duda tenían repercusiones en su obra (siguiendo con el ejemplo de Miguel Ángel, que se enoja porque el Papa -después de encargárselo- no le da bolilla con un mausoleo, se va de Roma y tiene que volver a la fuerza después de que lo amenazan con la excomunión, cosa nada trivial en esa época).

Raymond Williams (1982) hace una tipología de instituciones que enmarcan a los productores culturales a lo largo de la historia (o -en algunos casos- de manera contemporánea): artista institucionalizado (como el bardo), artista retenido (mecenazgo), protección (como el teatro isabelino), patrocinio (como las ventas por suscripción), patrocinio comercial o gubernamental, artesanos, profesionales de mercado y asalariados (Williams lo llama “profesionales de la sociedad por acciones”). Todas instituciones que se definen por la forma de sostenibilidad de la producción y los vínculos de manutención del productor.

Ahora bien, si las relaciones económicas son una constante, es cuando en el siglo XIX -como vimos- aparece como medio de comunicación la prensa de masas, y cuando ésta se define, no por alguna innovación técnica crucial, sino por un cambio en la consideración del mensaje, que pasa de vehículo de persuasión a mercancía a colocarse en un mercado, cuando estas relaciones económicas se vuelven claramente, relaciones de tipo capitalista (innovación en la que son pioneros -en la década de 1830- el New York Sun de Day y el Herald de Gordon Benett, y que después de la Guerra Civil llevarán al paroxismo Hearst y Pulitzer). Como analizamos en su momento, que la información sea una mercancía, sometida a los vaivenes de la oferta y la demanda en un mercado y a las exigencias de la maximización de la ganancia (que es lo que hace, además, que se trate de una mercancía capitalista), es algo que no puede dejarse de lado nunca, ya que está en la base de las formas de organización que adquieren los medios, los formatos periodísticos, los valores noticia, las innovaciones técnicas, la estructuración de las audiencias, etc. Sigue leyendo

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