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Tiempos de barbarie


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Llegué al libro a partir de un post de Alejandro Piscitelli en su blog, y un encuentro más o menos casual en el estante de la librería. Cuando llegué a casa Marta me dijo “¡uh, Baricco! Me encantó Seda“. Ahí conecté que -entre las muchas lecturas pendientes- estaba ese libro recomendado por más de un amigo.

Expectativas, entonces. Y lo cierto es que Los bárbaros: ensayo sobre la mutación no defrauda en absoluto. Aquí algunos apuntes desordenados.

1. Placer. El libro es la recopilación de los artículos publicados en La Repubblica en 2006. Pero, en verdad, no es una recopilación de artículos, sino más bien al revés: la decisión de escribir un libro por entregas, publicándolo en un diario, una especie de folletín ensayístico”, más preocupado por la urgencia de pensar que por la prudencia de publicar”, dice Barricco en la nota introductoria, donde en dos párrafos utiliza dos veces la frase “me apetecía”. Libro escrito desde el placer, entonces, y en donde el placer (no del autor, sino de los bárbaros) ocupa un rol central en el explicandum.

2. Bárbaros. Están aquí, entre nosotros. Y no los entendemos. ¿Pero quiénes somos “nosotros” y quiénes “ellos”, los bárbaros? Una primera aproximación, casi sensorial, pasa por decir que el tema del libro de Baricco es la transformación de los modos culturales, de las formas de percepción y de construcción de sentido. Cualquier parecido con las transformaciones en “la materia, el espacio y el tiempo” que ya no son “lo que han venido siendo desde siempre”  (cita de Paul Valery con la que empieza “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”) no es para nada coincidencia: Benjamin es el modelo explícito de la indagación baricciana. El eje es la caracterización de este cambio: en un pasaje del libro se habla del multitasking, esa capacidad que tienen los adolescentes de hacer diez cosas al mismo tiempo (chatear, mirar televisión, escuchar música, conversar con el hermano, preparar la tarea, jugar con una pelota, comer, etc.), y dice Baricco: “Las universidades americanas están llenas de investigadores dedicados a intentar comprender si se trata de genios o de idiotas que se están quemando el cerebro”. Responder a ello: ¿los nuevos modos de percepción/consumo/creación cultural son un empobrecimiento, y nuestro destino es la idiocracia, o -por el contrario- son los prejuicios de un mundo que está muriendo los que hacern ver en lo que es un cambio revolucionario una pérdida a lamentar?, es el eje del libro.

3. Tácticas. El vino, el fútbol, la industria editorial. Tres ejemplos de campos donde la invasión bárbara ya se ha llevado cabo, tres terrenos para encontrar las tácticas que despliegan los recién llegados. Y una conclusión operativa, en forma de hipótesis: “con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso”. Son unas cuantas las consecuencias de esta frase, si es que le damos validez (y pareciera tenerla): el protagonismo tecnológico para posibilitar el cambio (nada sorprendente esto), la popularización de un tipo de acceso cultural a grupos que lo tenían vedado (y el carácter democrático de toda ruptura bárbara), el alineamiento con el modelo cultural imperial (y las complicaciones políticas que supone), etc.

4. Google. No es un ejemplo: es el paradigma. No podríamos afirmar que el éxito de Google sea debido a su revolucionario método de cálculo de la importancia de cada página en relación a la búsqueda que se realiza, pero lo cierto es que hay una afinidad entre ambas cuestiones. El Page Rank de Google es un algoritmo matemático de gran complejidad (aquí hay un artículo sobre el mismo, del cual apenas entendí los primeros párrafos), pero la idea principal es simple: la importancia de una página depende principalmente de las páginas que la enlazan (y de la importancia de éstas, medida del mismo modo). Es decir, no hay nada esencial y profundo, de lo que se trata es de poner en funcionameinto la inteligencia colectiva. Nuevamente: hay un sentido profundamente democrático en la intervención bárbara.

5. Sentido. La diferencia (que el ejemplo del multitasking ponía en evidencia) se da entre un modo de construcción del sentido que parte del esfuerzo y la profundidad, que entiende el sentido como el tesoro subterráneo, el resultado de horadar bajo la superficie de las apariencias, y un modo nuevo que surfea en la superficie, que guía su recorrida guiado por el placer y que construye sentido en la interacción y la trayectoria veloz. Pero Baricco lo dice de una vez: la profundidad, el alma, después de todo, es solamente un prejuicio que aún hemos heredado del romaticismo, de esa necesidad de la burguesía de arroparse de blasones morales y culturales, estando (como estaba) desprovista de otros honores, más allá del dominio estratégico de la riqueza (ahora que lo pienso, K. Gergen, en El yo saturado, también se detiene en el romanticismo para situar la diferencia entre las visiones del yo). Para peor, esa búsqueda de la profundidad no ha sido declarada inocente en lo que hace a las experiencias más atroces del siglo XX, siempre vinculadas a un esencialismo de las identidades. Los bárbaros huyen instintivamente de la profundidad, son una expresión de la especie que busca sobrevivir a sí misma.

Kubilai Kan

6. La muralla. Baricco se da el gusto de escribir el epílogo caminando sobre la Gran Muralla China. Los bárbaros no eran preexistentes a la muralla, dice. Es la muralla la que crea, al dividir, un nosotros y un ellos: más allá están los bárbaros, protegidos por el muro defensivo permanece la civilización. Operación básica de creación de frontera. Por supuesto, la historia muestra lo efímero del intento: las huestes mongolas rodeaban periódicamente la muralla y conquistaban China. Pero, no es un dato menor, al hacerlo se convertían en Kublai Kan, y creaban una nueva dinastía china. La mirada de Baricco es optimista: de lo que se trata no es de bárbaros, sino de mutantes: “No hay fronteras, creedme, no hay civilización de un lado y del otro bárbaros: existe únicamente el borde de la mutación que va avanzando, y que corre por dentro de nosotros. Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos”. 

La barbarie, que después de todo es la denominación de lo incomprendido, “es un magnífico lugar”, dice Baricco. Aunque atravesado por dudas, tiendo a pensar que tiene razón.

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