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Sobre tecnologías, política y comunicación


En los últimos días salió finalmente a la luz mi primer libro: “Tecnología, comunicación y ciudadanía”, editado por Biblos.

Es un fruto de mi proyecto de tesis de maestría, que defendí en junio del año pasado. Fue una instancia importante para mí, por supuesto, muy productiva intelectualmente. Como es lógico, hay una lista de agradecimientos necesarios, que constan en el libro. Aquí sólo quiero consignar las deudas que tengo con mi compañera Marta Bianchi y con quien dirigió este proyecto, Eduardo Rinesi.

El libro, pequeño en su extensión, abarca un conjunto de indagaciones empíricas atravesadas por la inquietud acerca de las maneras en que pueden estudiarse los usos políticos de Internet y las TICs en Argentina. Para eso analicé las políticas y normativas del Gobierno Nacional sobre tecnologías de comunicación e Internet en el período 1997-2009, el campo de las organizaciones de la sociedad civil que ectúan en torno a esas políticas y a temáticas vinculadas, y también los sitios web contrahegemónicos.

Algunos artículos publicados en la revista Oficios Terrestres con anterioridad fueron muestras parciales de esta investigación, especialmente “Una década perdida: las políticas sobre SIC en Argentina” y “Sitios web contrainformativos (o de cómo la tecnología reactualiza viejas discusiones)”.

En fin, a riesgo de que parezca excesivamente solemne, tanto el libro como mi trabajo actual sigue inspirado en el convencimiento -como afirmo en las conclusiones- de que hoy es una tarea intelectual ineludible “comprender mejor los complejos modos en que las tecnologías de información y comunicación, lejos de ser epifenoménicas respecto a las luchas por el prestigio, el poder y el acceso a los recursos materiales y simbólicos, son -en nuestras complejas sociedades de comienzos del siglo XXI- sede y botín de esas luchas”.

Fin de tesis


Una canción de Yes que me siempre me gustó mucho, y que viene a mi mente cuando llego al final de una etapa, o de un proceso. Especialmente cuando ha sido largo y trabajoso.

Es el caso: el lunes 16 de mayo pasado defendí mi tesis de maestría, cuyo título era (o es) “Tecnología, comunicación, ciudadanía. Una aproximación a los usos políticos de las tecnologías de comunicación en Argentina”. El tribunal estuvo integrado por Roxana Cabello (UNGS), Martín González Frígoli y Carlos Giordano.

Se trata de la Maestría en Planificación y Gestión de Procesos Comunicacional (PLANGESCO), de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata, que cursamos un grupo de compañeros de Chubut, en los últimos 6 años. Un montón de tiempo, que se fue alargando al compás de las derivas sociales y personales de ese grupo, y de la orfandad institucional en que se desarrolló la experiencia.

En los últimos dos años estuve concentrado en mi tesis, un viejo proyecto de investigación en el que tuve oportunidad de bucear en las políticas argentinas sobre TICs y me permitió hacer contacto y entablar charlas más que interesantes con referentes de organizaciones de la sociedad civil que tienen mucho para decir sobre el tema. Algunos derivados del proyecto fueron artículos que aparecieron en Oficios terrestres (“Una década perdida: las políticas sobre SIC en Argentina” y “Sitios web contrainformativos (o de cómo la tecnología reactualiza viejas discusiones)”), y también mi ponencia del año pasado en las Jornadas de la Red Nacional de Investigación en Comunicación, en Quilmes (“Tecnología, comunicación y ciudadanía: el punto de vista de la sociedad civil”). Ahora veré si puedo publicarla de manera íntegra.

El balance es más que positivo. Mucha gente contribuyó a que la cosa terminara bien: Eduardo Rinesi (mi director), los compañeros del grupo de la PLANGESCO (Silvia Brun, Kira Rakela, Nancy Sáez, Daniel Pichl, María Vales, Diego Perez, Cecilia Farías, Celina Salvatierra, Nidia Do Pazo, Marcelo Hernandez,Fernando Krebs, Mónica Baeza), mi amigo Fernando Becerra Artieda, los compañeros del GT-Itc y los del conciliábulo de la calle Rodrigo. Gracias a todos.

Y pego aquí el resumen, como para darse una idea de qué viene la cosa. Sigue leyendo

La política de la tecnología


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Ayer estuve dando una charla bajo el título “Tecnología y política en la sociedad de la información”. La ocasión era empezar a darle forma al Grupo de trabajo sobre Internet, tecnología y cultura, proyecto que estamos pergeñando con Marta para impulsar el intercambio local de las personas que venimos trabajando en este campo (o con interés en él), desde una pertenencia disciplinaria a los estudios de comunicación y cultura.

La charla fue útil en dos sentidos: por un lado para obligarme a hacer una síntesis de cuestiones que vengo abordando en mi tesis, aunque todavía están más en el nivel de las sugerencias y preguntas que en el de las afirmaciones y, por el otro, para realizar un encuentro intergeneracional de gente de comunicación de la UNPSJB, con el “retorno” de estudiantes avanzados y graduados a los que hace tiempo que no veía.

El archivo de la presentación dista de ser autoexplicativo, pero puede servir de guía de los ejes por los que transité, con buenos aportes de los presentes. Me quedan varios temas a los que debo darles forma (espero poder hacerlo en las próximas semanas).

El desafío es el mismo


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Alcira Argumedo

Alcira Argumedo

Esta semana está en Comodoro Rivadavia, dictando un seminario de posgrado, Alcira Argumedo. Hace casi veinte años, creo que a principios de 1990, había venido a la ciudad para un congreso de Arquitectura, y entonces -siendo aún estudiante- le hice una entrevista. Paradojas del destino: en esa época yo estaba investigando cuestiones relacionadas con las “Nuevas Tecnologías de Comunicación” y focalicé en ese tema los trabajos de las últimas materias que rendí. Casi dos décadas después, y luego de mediaciones y rodeos, vuelvo a estos temas “tecnológicos”. Lo curioso es que si bien en la epidermis los cambios parecen abrumadores (como dato entre esa entrevista y la actualidad apareció nada menos que Internet) la entrevista no me parece para nada anacrónica.

Alcira insiste en las continuidades subterráneas de la historia, y es posible que las “novedades”, sin desmerecer la necesidad de comprenderlas acabadamente, cambien su condición cuando uno modifica la escala de la mirada.

En fin, me pareció interesante recuperar esa vieja entrevista, tal como apareció “publicada” en una revista de ejemplar único, preparada para aprobar una materia de grado, que tenía el pomposo nombre de “Cuadernos de Cronopio del Desierto”.

EL DESAFIO DE LAUTARO
Una charla con Alcira Argumedo

por Luis Sandoval

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Las metáforas de Cristina


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Los enfoques cognitivistas han resaltado el papel de las metáforas para el conocimiento de nuestro http://www.facebook.com/sharer.php?u=http%3A//gatoyfelpudo.wordpress.com/2008/06/20/las-metaforas-de-cristina/&t=Las%20met%E1foras%20de%20Cristina%20%AB%20El%20gato%20y%20el%20felpudomundo. En el clásico Metáforas de la vida cotidiana, George Lakoff y Mark Johnson han analizado el rol de las metáforas no como recurso estilístico-literario, sino como herramienta para la comprensión, asimilando cuestiones y procesos más alejados de nuestra experiencia directa a otros más cercanos.

Cristina por SábatUna metáfora es siempre una elección categorial entre varias posibilidades; pone en foco determinados aspectos del objeto en cuestión, mientras desfocaliza otros y oculta algunos más. El ejemplo prácticamente canónico es Una discusión es una guerra: entendemos las discusiones como conflictos bélicos (ganamos y perdemos discusiones, atacamos posiciones, defendemos ideas, etc.) y esto implica que algunos aspectos de las discusiones se focalizan (los relacionados con el conflicto) mientras otros, también inherentes a la actividad de “discutir” quedan obliterados, como es el caso de la necesaria cooperación o acuerdo en intercambiar argumentos y no golpes (aunque una discusión, por supuesto, puede derivar en una pelea).

De lo que se trata es de que toda realidad es una realidad lingüística, y nuestras palabras implican decisiones categoriales (casi nunca concientes) que hacen que comprendamos las cosas de una manera y no de otra, y que muchas veces actuemos de acuerdo a esa comprensión de las cosas. La verdad no es absoluta, sino relativa a un sistema conceptual, en el que las metáforas tienen un rol central. Sin embargo, dicen Lakoff y Johnson:

En una cultura donde el mito del objetivismo está vivo y la verdad es siempre verdad absoluta, la gente que consigue imponer sus metáforas sobre la cultura consigue definir lo que es verdad -absolutamente y objetivamente verdadero-.

Quedará para otro momento discutir si el mito del objetivismo está tan vivo o la posmodernidad (o la razón cínica) han hecho mella en él. Por ahora nos bastará con acordar en que las metáforas con que conceptualizamos las cosas: a) inciden decisivamente en nuestra comprensión del mundo; y b) son una posibilidad entre otras, y nunca la única verdad posible.

Analizando los discursos pronunciados por Cristina Kirchner el martes en la Casa Rosada y ayer en Plaza de Mayo (pero especialmente este último), desde el punto de vista de la determinación de las metáforas centrales que operan en su estrategia discursiva, hay varios puntos de interés.

1. La política es una batalla (o una guerra)

El lenguaje que utiliza la presidenta para referirse a la actividad política es casi excluyentemente un lenguaje bélico. En su actuación legislativa, “me conocieron como senadora, defendiendo la soberanía nacional de nuestros Hielos Continentales” y, más en general, “me han visto en muchas batallas”. El conflicto con los productores agropecuarios (tampoco aquí la selección léxica es ingenua: ¿el “campo”? ¿la “oligarquía terrateniente”? ¿las entidades ruralistas?) también es definido como una “batalla”: “la batalla por la redistribución del ingreso”.

Claro que la política no es sólo lucha, aunque también lo es. Para que una metáfora sea operante debe cubrir (aunque siempre parcialmente) algo del objeto metaforizado. Pero otros aspectos quedarán opacados, y en este caso lo que queda “fuera de la metáfora” son los aspectos que hacen al diálogo o incluso a la búsqueda del bien común. Si la metáfora operante fuera, por ejemplo “La política es un arte” (que también es bastante común) otros ítems de sus antecedentes serían los rescatados por la presidenta.

2. La democracia es el gobierno de los representantes electos

Este punto no parece a priori una metáfora, pero se trata de una sinécdoque: el gobierno de los gobernantes electos es parte del concepto habitual de democracia (gobierno del pueblo), pero en el discurso de la presidenta esa parte es el todo. El conflicto es grave porque “se estaba socavando, se estaba interfiriendo en la misma construcción democrática, esa que nos dice que son los representantes del pueblo, elegidos en elecciones libres, democráticas y sin proscripciones, los que deciden, deliberan y ejecutan.”

Esta concepción no supone la ausencia de conflictos (¿cómo podría si no la política ser una batalla?): “Tenemos que aprender que muchas veces puede haber diálogo, discusión y debate, y ojalá que haya acuerdo, pero también sabemos que dialogar puede ser no estar de acuerdo en algún punto. Tenemos que aprender de una buena vez por todas a procesar democráticamente nuestras diferencias”, dice la presidenta. ¿Pero qué se entiende por este “procesamiento democrático de las diferencias”? No cualquier método, sino uno bastante preciso: “la clave está en presentar las ideas de cada uno, los modelos de país de cada uno ante la ciudadanía, y cuando ésta elige y vota, si ese voto no nos ha sido favorable, a mejorar la propuesta y esperar el próximo turno electoral, esa es la clave.”

Las únicas referencias a la democracia se articulan en torno al momento del voto y a la legitimidad consiguiente de los gobernantes para implementar sus políticas. Es por lo menos curioso que la legitimidad emanada en las urnas sea tan crucial para una articulación discursiva populista, pero decir algo al respecto requiere una indagación más seria. Lo cierto es que la democracia se limita -en el discurso de la presidenta- al modelo delegativo señalado por O’Donnel hace años como característico de los países latinoamericanos. Los momentos deliberativos, la inclusión de las diferencias identitarias o incluso la interpelación directa al pueblo no son parte de la concepción democrática del kirchnerismo.

3. Los representantes son el pueblo

Esta sinécdoque no se desarrolla mucho en los discursos analizados (aunque la presidenta introduce una crítica a la dirigencia del campo afirmando que no se trata de insultos ni agravios porque “el pueblo no insulta ni agravia”) pero es crucial como puente para la introducción de un tema clásico del peronismo. Si la democracia implica un cheque en blanco para el gobernante (a condición de que sea legítima su elección) y si por ello el gobierno es equivalente al pueblo, ¿qué decir de los opositores? Bueno, es simple:

4. Los opositores no son argentinos (o están alienados)

La asimilación de peronismo y argentinidad en el discurso peronista clásico ha sido bien estudiada por Verón y Sigal en Perón o muerte, y pareciera que goza de buena salud en el discurso kirchnerista. El sistema de retenciones que dio origen -al menos formal- al conflicto (y al que se alude como “la decisión de redistribuir el ingreso”) no se hizo “para perjudicar a nadie, al contrario, no fueron contra nadie, fueron para que todos los argentinos pudiéramos vivir un poco mejor”. Por “nadie” se entiende en este contexto “ningún argentino”. El acto que enmarca el discurso no es un acto sectorial, partidario o de apoyo a un gobierno, sino un “acto por la democracia” realizado en la Plaza de Mayo, que “empezó siendo de los peronistas, pero que después de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo es de todos los argentinos”.

Sin embargo, la oposición al gobierno incluyó también a sectores medios urbanos, que no cuajan de una manera muy clara en la caracterización de oligarquía antinacional. Para ellos se destina una argumentación especial: la clase media es argentina, pero está alienada: “esa clase media que muchas veces a partir de prejuicios culturales termina actuando contra sus propios intereses”, dirá la presidenta.

¿Tiene razón el Gobierno en este conflicto? ¿O tienen razón los ruralistas? Para responder a estas preguntas debería existir un marco conceptual común, y eso es justamente lo que falta. Aquí he tratado de llevar a la superficie algunos supuestos del discurso del Gobierno, entendiendo que -dado que al hacer una aserción siempre hacemos una elección de categorías- “cada aserción verdadera necesariamente deja fuera lo que se desfocaliza o se oculta en las categorías que se usan en ella” (Lakoff y Johnson)

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